Llevé a mi hijo al Ángel de la Independencia junto con mi esposa. Estando aquí, había que vivirlo. Tenía que dejarle un recuerdo que nunca olvidara.
Mientras caminábamos entre miles de personas, pensaba que algún día le recordaré que estuvimos aquí, en el momento en que México volvió a recibir al mundo. Le enseñaré la foto y nos acordaremos de que vimos a personas de todas partes celebrar juntas, abrazarse después de un gol y compartir algo que va mucho más allá del futbol.
Porque hay momentos que se convierten en recuerdos. Y hay recuerdos que terminan convirtiéndose en historia.
Han sido días intensos. En realidad, diría que han sido casi dos años de planeación para llegar a este momento. Dos años en los que miles de personas han puesto su talento, esfuerzo y pasión para que la Ciudad de México esté lista para recibir al mundo. Yo solamente he aportado un granito de arena desde mi trabajo, todos los días.
Durante este tiempo he escuchado de todo. Que a México le iba a ir mal. Que el aeropuerto no estaba listo. Que la ciudad se iba a colapsar. Que el Mundial no debía jugarse aquí. Que el estadio no estaría terminado. Que el Metro no funcionaría.
Y siempre me ha llamado la atención cómo algunas personas proyectan hacia afuera sus propias frustraciones. Pareciera que desean que las cosas salgan mal para confirmar una narrativa que llevan dentro.
Pero hay algo que quienes realmente conocen este país entienden perfectamente: como México no hay dos.
Aquí las cosas se resuelven. Aquí todo es para ayer. Aquí siempre encontramos la manera. Esa capacidad de adaptarnos, improvisar, trabajar y sacar adelante los retos es precisamente lo que hace tan especial a esta ciudad y a su gente.
La realidad es que el Mundial no está saliendo bien.
Está saliendo espectacular.
El aeropuerto funciona. Los turistas están aquí. Los estadios están llenos. Las calles tienen vida. Los restaurantes están a reventar. La conversación global sobre México es enorme y la proyección internacional del país, en tiempo real, es brutal.
Pero además está ocurriendo algo histórico.
En 1970, cuando México organizó su primer Mundial, una de las grandes innovaciones fue la televisión a color. Millones de personas pudieron ver por primera vez una Copa del Mundo con una tecnología que cambió para siempre la manera de consumir los grandes eventos.
Hoy, más de medio siglo después, México vuelve a estar en el centro de otra revolución tecnológica.
La diferencia es que ya no son unas cuantas cadenas de televisión las que cuentan la historia. Hoy millones de personas la cuentan al mismo tiempo. Gracias a internet, a las redes sociales y a la conectividad global, un video grabado en el Ángel de la Independencia puede llegar en segundos a cualquier rincón del planeta.
Por primera vez en la historia, el Mundial no solamente se transmite desde México; México se transmite a sí mismo al mundo entero.
Y lo que el mundo está viendo no son campañas publicitarias ni mensajes preparados. Está viendo la esencia de nuestro país. Está viendo a las familias reunidas, a las abuelitas volando en la multitud, a turistas abrazando a desconocidos, al pato caminando con su playera de México, a niños jugando futbol en las plazas, a la gente cantando en el Metro, a los restaurantes llenos y a una ciudad entera vibrando alrededor de una misma pasión.
En 1970, México mostró al mundo el color de una Copa del Mundo.
En 2026, México le está mostrando al mundo el color de su gente y aquello que nos hace únicos, en tiempo real.
Porque la verdadera tecnología no está solamente en los teléfonos o en las plataformas digitales. Está en la capacidad de conectar personas, emociones y experiencias.
Y en eso, México sigue siendo una potencia mundial.
Por eso hoy hay personas que sienten FOMO de no estar en México.
Porque México se convirtió en el lugar donde todos quieren estar.
Y eso ocurre porque aquí entendimos algo fundamental: la fiesta es de todos.
Coreanos, mexicanos, canadienses, argentinos, colombianos, estadounidenses, europeos. No importa de dónde vengas.
En México todos son bienvenidos.
Y por eso el Ángel de la Independencia se ha convertido, una vez más, en el gran punto de encuentro. Ahí desaparecen las etiquetas. No hay ricos ni pobres. No hay fresas ni nacos. No hay güeros ni morenos. No hay ideologías, partidos políticos o diferencias que importen.
Hay personas.
Hay alegría.
Hay celebración.
Hay un país que recibe al mundo con los brazos abiertos.
Porque cuando México está en su mejor versión, nos recuerda que somos mucho más fuertes de lo que a veces creemos.
Somos la fiesta del mundo.
Somos la alegría del mundo.
Y todo el mundo va a querer estar aquí.
A quienes llevan años apostando por el fracaso de México, les quedan todavía muchas frustraciones por delante.
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Porque México es mucho país.
Hay que conocerlo para entenderlo.
Hay que vivirlo para amarlo.
Ah, y un datito: a pesar de todo, este es, sin duda, el mejor Mundial de todos los tiempos. Y en México se está organizando en tiempos de Morena… 👊
Para pesar de unos cuantos y alegría de millones.
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