Opinión
Tendencia

Energía, logística y activos estratégicos: las tres corrientes que ordenan el capital del mundo

Visión Compartida - Víctor José López Martínez

Opinión | 20/09/2026 | 21:25
[metaslider id="42572"]

Las cuatro mayores empresas tecnológicas del mundo invertirán este año más de 700 mil millones de dólares en activos físicos, frente a poco más de 400 mil millones en 2025, según las guías que ellas mismas han dado a sus accionistas. Conviene detenerse en el destino de ese dinero: terrenos, naves industriales, subestaciones, turbinas, agua, cableado. Las compañías que enseñaron al mundo que la riqueza podía carecer de peso se han convertido en las mayores constructoras del planeta. Cuando los dueños de lo intangible deciden volver al concreto y al acero, lo que cambia es la época.

Cada tiempo tiene su medida del poder. El nuestro creyó durante quince años que esa medida era inmaterial: datos, plataformas, algoritmos, fortunas sin inventario. La inteligencia artificial, que parecía la culminación de ese mundo ligero, resultó ser su límite, porque cada modelo exige electricidad firme, transmisión, tierra y puertos por donde entren las máquinas. Goldman Sachs bautizó la tesis en marzo con las siglas HALO: activos pesados, de baja obsolescencia. Infraestructura que tarda años en levantarse, que no es replicable y cuya utilidad sobrevive a la siguiente ola tecnológica.

El capital de largo plazo lo leyó antes que nadie. Los fondos privados de infraestructura captaron cerca de 300 mil millones de dólares en 2025, el mayor monto de su historia, y los activos que administran se triplicaron en una década. Es dinero de fondos de pensiones, aseguradoras y fondos soberanos, instituciones que deben pagar jubilaciones dentro de treinta años y que buscan por ello flujos estables, contratos largos y protección frente a la inflación, con rendimientos históricos de entre 10 y 13% anual. Y tiene un mandato preciso. Lo captaron para comprar y construir la infraestructura digital, que ya representa casi una quinta parte de sus portafolios; la generación y las redes eléctricas que esa infraestructura reclama; y, en una rotación reciente, el transporte: puertos, ferrocarriles y terminales. De ese mandato nacen las tres corrientes de este tiempo.

La primera es la energía entendida como seguridad. La Agencia Internacional de Energía estima que la inversión energética mundial alcanzará este año un récord de 3.4 billones de dólares, con 1.6 billones dirigidos al sistema eléctrico. Su director, Fatih Birol, ha dicho que la crisis actual transformará las estrategias de inversión como lo hicieron los choques petroleros de los años setenta. La lección que hoy guía a gobiernos e inversionistas es sencilla: la energía cercana, entre socios confiables, vale más que la energía barata y distante.

La segunda es la logística. El comercio marítimo mundial crecerá con modestia, alrededor de 2% anual hacia 2030 según la UNCTAD; lo que se mueve con rapidez son las rutas. Más de 80% de las mercancías del planeta viajan por mar, y cuando las cadenas de suministro se reorganizan en torno a Norteamérica, la ubicación se vuelve el activo más escaso. Por eso Blackstone, BlackRock, Brookfield o Stonepeak compiten hoy por terminales portuarias y corredores ferroviarios con el apetito que hace diez años reservaban para las aplicaciones digitales. Por ejemplo, un puerto profundo y bien conectado, a dos días de navegación del mayor mercado del mundo, es una posición que ninguna política industrial puede fabricar.

La tercera es la de los activos estratégicos: aquellas capacidades productivas que una nación descubre que no puede dejar en manos ajenas. La pandemia lo enseñó con los semiconductores, la guerra con los fertilizantes y los minerales críticos, y la rivalidad entre potencias lo ha extendido a todo aquello que sostiene la defensa y el comercio.

Cuando un gobierno declara estratégico un sector, el capital privado lo sigue, porque detrás vienen contratos largos, financiamiento público y demanda garantizada. Ningún caso lo ilustra mejor que la industria naval. Estados Unidos, que durante cuatro décadas dejó languidecer sus astilleros, ha decidido reconstruirlos: el Plan de Acción Marítima de la Casa Blanca consigna al menos 150 mil millones de dólares de inversión comprometida; la coreana Hanwha destina 5 mil millones a transformar el astillero de Filadelfia; y en Brownsville, Saronic levanta otro de 3,200 millones. Falta ver la ejecución, pero el rumbo está trazado: el barco ha vuelto a ser un asunto de Estado. Y como ese esfuerzo se concentra en construcción nueva y defensa, la reparación y reconversión de la flota comercial del Golfo y el Caribe queda como un espacio abierto para quien sepa ocuparlo en esa misma región.

Energía, logística y activos estratégicos piden lo mismo a los países que aspiran a recibirlos: geografía, certidumbre jurídica, energía disponible, talento técnico y gobiernos que cumplan los plazos que anuncian. Primero la infraestructura y la confianza; después llega todo lo demás. México se presenta a esta hora con ventajas que pocos reúnen, la vecindad, el tratado, dos océanos, y con el Plan México de la Presidenta Claudia Sheinbaum como marco. La tarea es presentar proyectos en marcha, porque el capital pesado tiene una costumbre invariable: llega a donde la obra ya empezó.

En ese mapa nacional, Yucatán ofrece hoy el caso más completo, y la razón tiene nombre: el Renacimiento Maya, la visión con la que el Gobernador Joaquín Díaz Mena ha ordenado su gobierno y que entiende la infraestructura como el camino para que la prosperidad alcance a todo el territorio. Su columna vertebral es el programa de ampliación y modernización del Puerto de Altura de Progreso, que supera los 12,500 millones de pesos en tres etapas: el dragado a 13.30 metros, realizado con 1,630 millones de inversión estatal; la ampliación del muelle a cargo de SSA Marine, del grupo Carrix en el que participa Blackstone, con cerca de 948 millones; y la tercera etapa, iniciada en julio con la Secretaría de Marina, que añadirá 80 hectáreas y triplicará la superficie del puerto. APM Terminals suma 3,215 millones de pesos en su terminal de contenedores; un nuevo ferrocarril de carga de alrededor de 25 mil millones enlazará la línea del Tren Maya con la zona de Progreso; y el Parque Eólico Tizimín II, de 2,600 millones, reabre la inversión renovable en la península.

Energía, logística y activos estratégicos coinciden así en un mismo punto de la costa mexicana. Sobre las nuevas plataformas de Progreso se proyecta un astillero de reparación de gran calado que traería al país una industria que nunca ha tenido a esa escala, complementaria de la que Estados Unidos levanta del otro lado del Golfo: exactamente el tipo de activo para el que aquellos fondos captaron su dinero. El Renacimiento Maya se propuso devolverle a una región milenaria su lugar en el futuro y el mundo mira hoy hacia donde Yucatán ya estaba construyendo. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

[metaslider id="42572"]
Back to top button