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Lumumba

Opinión | 29/06/2026| 20:19

José Miguel Martínez

El otro día estaba viendo el partido de la República Democrática del Congo (RDC) contra Colombia, el cual se jugó en el estadio de Guadalajara. Un detalle llamó mucho mi atención: un aficionado estuvo quieto, como una estatua, con el brazo derecho en alto y de pie durante todo el partido.

Investigando, encontré que este aficionado de RDC, llamado Michael Kuka, se queda inmóvil en todos los partidos asemejando a una estatua. Él posa como el monumento que está en su país en honor al líder anticolonialista Patrice Lumumba, el cual trágicamente fue asesinado el 17 de enero de 1961 por autoridades coloniales belgas y la CIA, según un reportaje de la BBC.

Otra de las poses que hace es con una mano en forma de pistola apuntando a su cabeza y la otra tapándose la boca en señal de protesta en contra del silencio internacional ante el conflicto en el este de su país. Esta crisis humanitaria es una herencia directa del genocidio de hutus y tutsis de 1994, quienes protagonizaron una de las peores masacres en la historia moderna cuando, en menos de tres meses, en Ruanda (país vecino de RDC) se cobró la vida de más de 800 mil personas bajo la pasiva mirada de la ONU.

Después del genocidio en Ruanda el mismo año, miles de hutus (incluyendo extremistas responsables de las matanzas) lograron escapar a RDC (entonces Zaire). Al llegar, se desató una ola de violencia que desplazó a los tutsis que vivían en esas zonas; el Gobierno congoleño no pudo controlar la situación. En 1997, apoyados por Ruanda, los rebeldes del Congo lograron derrocar al Gobierno de Mobutu Sese Seko.

Pronto, los nuevos aliados se enfrentaron por el control de los recursos, ya que RDC está llena de coltán y cobalto, lo que detonó una invasión por parte de Ruanda y Uganda. RDC pidió ayuda y respondieron Angola, Namibia y Zimbabue, entre otros. Esto causó que el país se dividiera en zonas de influencia; las fuerzas extranjeras controlaban las minas más importantes del país y financiaban a milicias locales, recurriendo incluso al reclutamiento forzado de niños soldados.

Uganda y Ruanda, al ver tanta riqueza, empezaron a chocar también entre sí por los recursos, por lo que la guerra se complicó cada vez más. En 1999, la ONU mandó una misión de paz (MONUC) para intentar apaciguar las cosas, pero esto no funcionó de nada. En 2001 asesinaron al presidente de RDC, Laurent-Désiré Kabila, sucediéndolo su hijo, Joseph Kabila.

El nuevo mandatario logró negociar con Estados Unidos y Ruanda, mediado por la ONU, pero sirvió de poco debido a que la paz definitiva no llegó. Hubo milicias rebeldes que no aceptaron los acuerdos y siguieron operando, presuntamente apoyadas en secreto por Ruanda y Uganda. Todo ante la mirada atenta de los cascos azules.

El Gobierno de la RDC no ha podido controlar su territorio y denuncia constantemente que Ruanda y Uganda apoyan a estas milicias. Si bien es un hecho que estos países ya no están metidos oficialmente en la guerra, es altamente probable que sigan apoyando a estos grupos armados por el control de las minas.

Aunque muchos aseguran que el fútbol no es político, no pueden estar más alejados de la realidad. El fútbol es político y nos ayuda a visibilizar estos problemas en los que al mundo y a la ONU les conviene hacerse de la vista gorda, pues en este conflicto han muerto más de 5.4 millones de personas bajo la atenta mirada de los cascos azules y de la ONU.

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