Opinión

Norteamérica: una oportunidad que vale la pena imaginar

Eduardo Chaillo, CMP, CITE, CMM

Opinión | 22/06/2026 | 17:50

La próxima revisión del TMEC seguramente estará dominada por temas como comercio, cadenas de suministro, inversión, competitividad regional y manufactura. Es natural. Después de todo, esos fueron algunos de los objetivos que dieron origen al acuerdo y continúan siendo fundamentales para el futuro económico de los tres países.

Sin embargo, detrás de esas conversaciones existe una oportunidad mucho más amplia que rara vez ocupa titulares o mesas de negociación: la posibilidad de pensar a Norteamérica como una región integrada también desde la perspectiva del turismo, las reuniones, la cultura, el talento y el intercambio de conocimiento. Europa lo ha hecho durante décadas.

El Medio Oriente trabaja activamente en la construcción de una narrativa regional. Incluso América Latina, a pesar de su enorme diversidad política, económica y social, ha realizado esfuerzos importantes para posicionarse ante el mundo como una región con atributos compartidos.

En Norteamérica seguimos promoviendo principalmente países individuales. México promociona México. Estados Unidos promociona Estados Unidos. Canadá promociona Canadá. Quizá eso tenga sentido, pero también vale la pena preguntarnos si estamos desaprovechando una oportunidad mayor.

Porque pocas regiones del mundo pueden ofrecer simultáneamente algunas de las economías más dinámicas del planeta, una infraestructura turística de primer nivel, ecosistemas de innovación líderes, una conectividad aérea extraordinaria, una diversidad cultural excepcional y algunos de los paisajes naturales más impresionantes del mundo. Desde las grandes ciudades globales como Ciudad de México, Guadalajara, Nueva York, Toronto, Montreal o Vancouver, hasta los parques nacionales, los destinos costeros, las regiones vinícolas, los centros de investigación, las comunidades indígenas y los corredores industriales, Norteamérica posee una combinación difícil de igualar.

México ocupa una posición particularmente interesante dentro de esta ecuación. Nuestra historia, nuestra cultura, nuestro idioma y buena parte de nuestra identidad nos vinculan profundamente con América Latina. Al mismo tiempo, la geografía, la integración económica y las cadenas productivas nos convierten en una parte fundamental de Norteamérica. Lejos de representar una contradicción, esa condición constituye una de nuestras mayores fortalezas.

Pocas naciones pueden dialogar con tanta naturalidad con América Latina y al mismo tiempo formar parte de una de las regiones económicas más importantes del planeta. Los ejemplos de integración ya están ocurriendo frente a nosotros. El Mundial de Futbol es quizá el más visible.

Por primera vez, tres países comparten (sea como sea, generando gran entusiasmo y visibilidad global) la organización de uno de los eventos más importantes del mundo. Más allá del fútbol, el mensaje es poderoso: Norteamérica tiene la capacidad de coordinarse, colaborar y proyectarse internacionalmente como una región. La integración turística también es una realidad cotidiana. Estados Unidos y Canadá continúan siendo los principales mercados internacionales para México.

Al mismo tiempo, millones de mexicanos viajan cada año a ciudades en ambos países a esquiar, jugar, competir deportivamente, disfrutar destinos vacacionales y atracciones en ambos países. Las conexiones aéreas entre las tres naciones figuran entre las más robustas del planeta y permiten una movilidad que muchas regiones del mundo difícilmente podrían replicar.

La integración económica es igualmente evidente. Empresas estadounidenses y canadienses participan activamente en el desarrollo turístico mexicano. Cadenas hoteleras, inversionistas, desarrolladores, aerolíneas y empresas de servicios han contribuido durante décadas al crecimiento de numerosos destinos. Del mismo modo, empresas mexicanas han expandido su presencia en los mercados vecinos, construyendo una relación que va mucho más allá del intercambio comercial. Existe además una dimensión humana que pocas veces incorporamos a la conversación.

Millones de mexicanos viven en Estados Unidos y Canadá. Al mismo tiempo, miles de estadounidenses y canadienses han decidido establecer una parte importante de sus vidas en destinos mexicanos como San Miguel de Allende, Puerto Vallarta, Los Cabos, Mérida, Mazatlán o la Colonia Roma de la Ciudad de México. Las relaciones entre nuestros países ya no pueden explicarse únicamente por el comercio o la geografía. También se explican por familias, amistades, proyectos de vida, comunidades y experiencias compartidas. Quizá por eso vale la pena imaginar lo que podría ocurrir si comenzáramos a pensar más como región. ¿Qué pasaría si desarrolláramos rutas turísticas que conectaran el Valle de Guadalupe con Napa Valley y el Valle de Okanagan en Columbia Británica? ¿O circuitos que integraran algunos de los parques naturales más emblemáticos de los tres países? ¿O programas enfocados en las culturas originarias que habitan Norteamérica desde mucho antes de que existieran las fronteras actuales? ¿O recorridos culturales que conectaran nuestras grandes capitales y centros urbanos? Las posibilidades son prácticamente ilimitadas. La industria de reuniones ofrece una oportunidad igualmente fascinante. Canadá, Estados Unidos y México cuentan con algunos de los centros de convenciones, recintos feriales, universidades, corporaciones y centros de investigación más importantes del mundo. Pocas regiones poseen una capacidad comparable para albergar congresos internacionales, exposiciones, convenciones corporativas y viajes de incentivo. En una época donde temas como inteligencia artificial, manufactura avanzada, energía, salud, sostenibilidad y tecnología ocupan el centro de la agenda global, Norteamérica tiene la posibilidad de convertirse también en la plataforma más importante del mundo para el intercambio de conocimiento y la colaboración empresarial. Quizá la revisión del TMEC termine concentrándose en los temas que naturalmente le corresponden. Sin embargo, detrás de esas discusiones existe una conversación más amplia que vale la pena iniciar. No se trata de diluir identidades nacionales ni de sustituir los profundos vínculos históricos y culturales que México mantiene con América Latina. Todo lo contrario. La fortaleza de México radica precisamente en su capacidad para construir puentes. La verdadera oportunidad no consiste en elegir entre el norte o el sur. México lleva siglos mirando hacia ambos lados. La pregunta es si seremos capaces de aprovechar esa posición privilegiada para generar más intercambios, más inversión, más conocimiento, más turismo, más reuniones y más oportunidades compartidas. Porque en un mundo cada vez más competitivo, las regiones que prosperarán no serán necesariamente las más grandes. Serán aquellas capaces de colaborar mejor.

Artículos Relacionados

Back to top button