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Esa industria que muchos políticos descubren demasiado tarde

PUNTO DE ENCUENTRO - EDUARDO CHAILLO ORTIZ

Opinión | 10/06/2026 | 20:28

Cada proceso electoral viene acompañado de promesas que suelen repetirse con sorprendente consistencia: más empleos, más inversión, mayor competitividad, mejor posicionamiento internacional, impulso a la innovación y desarrollo regional.

Lo curioso es que pocas veces aparece en esas conversaciones una herramienta capaz de contribuir simultáneamente a todos esos objetivos: la industria de reuniones.

Quizá porque muchos líderes políticos siguen asociando congresos, convenciones y exposiciones exclusivamente con turismo, hoteles o visitantes temporales. La realidad es bastante más compleja.

Las reuniones son una de las pocas actividades económicas con capacidad de impactar transversalmente prácticamente todos los sectores productivos de un país. Ciencia, tecnología, medicina, manufactura, educación, energía, telecomunicaciones, finanzas, agricultura o industrias creativas utilizan congresos y encuentros profesionales para intercambiar conocimiento, acelerar innovación, fortalecer redes de colaboración y proyectar capacidades ante el mundo.

La derrama económica es importante, por supuesto. Sin embargo, su verdadero alcance suele estar subestimado. Los estudios de impacto realizados en diversos destinos muestran que los beneficios alcanzan a muchos más sectores y empresas de los que normalmente se consideran cuando se habla de turismo.

Producción audiovisual, tecnología, transporte, diseño, montaje, seguridad, logística, comercio local, servicios profesionales y cientos de pequeñas y medianas empresas forman parte de una cadena de valor que suele ser mucho más amplia de lo que imaginan quienes observan la actividad desde fuera.

Los políticos que han comprendido esta realidad han encontrado en la industria de reuniones una poderosa herramienta de desarrollo económico, posicionamiento internacional y construcción de reputación.

Recuerdo particularmente una decisión tomada durante la administración del presidente Vicente Fox. Más allá de filias o fobias políticas, existió una instrucción clara a los integrantes de su gabinete: trabajar para traer a México las reuniones más importantes del mundo relacionadas con sus respectivos sectores.

La lógica era simple y brillante al mismo tiempo.

Si un país quiere ser relevante en ciencia, tecnología, telecomunicaciones, desarrollo, energía o salud, debe aspirar a convertirse también en el lugar donde esas conversaciones globales ocurren.

Aquella visión contribuyó a que México fuera sede de reuniones multilaterales de enorme relevancia, entre ellas la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de las Naciones Unidas celebrada en Monterrey en 2002, un encuentro que reunió a jefes de Estado, organismos multilaterales y líderes económicos de todo el mundo.

Durante esos años también se fortaleció por primera vez una estructura nacional especializada en la atracción de congresos y convenciones dentro del Consejo de Promoción Turística de México, la OCC.

Años después, el presidente Felipe Calderón impulsó la realización de la Cumbre del G20 en Los Cabos, acelerando decisiones e inversiones necesarias para recibir a los líderes de las economías más importantes del planeta. La lógica se repitió en distintos momentos posteriores.

La fotografía de los líderes de Norteamérica reunidos en Toluca durante la Cumbre de Líderes de América del Norte -con el presidente Enrique Peña Nieto, Barack Obama y el primer ministro canadiense, Stephen Harper- mostró cómo un encuentro internacional puede convertirse también en un activo de diplomacia, posicionamiento y narrativa país. Más allá de la agenda específica de la reunión, esas imágenes proyectan capacidad organizativa, estabilidad institucional y relevancia internacional.

A nivel estatal también existen ejemplos memorables. Zacatecas logró albergar el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española gracias a la visión y el impulso de líderes como Genaro Borrego y Arturo Romo.

La presencia del Rey Juan Carlos I de España, del presidente Ernesto Zedillo y de figuras de la talla de Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Camilo José Cela y numerosos intelectuales iberoamericanos colocó a la ciudad en el centro de la conversación cultural del mundo hispanohablante.

Ninguna campaña publicitaria hubiera logrado un posicionamiento comparable.

Algo similar ocurrió en Colombia cuando el presidente Juan Manuel Santos aprovechó el extraordinario posicionamiento internacional derivado del Premio Nobel de la Paz para impulsar la realización de la Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz en Bogotá. Más allá del evento mismo, Colombia logró proyectar una narrativa distinta ante líderes globales, medios internacionales y tomadores de decisiones de todo el mundo.

Más recientemente, Mérida fue sede de esa misma reunión gracias a una combinación de visión política, capacidad de gestión y un decidido compromiso por parte del gobierno estatal encabezado entonces por Mauricio Vila y de Michelle Fridman al frente de la estrategia turística del estado.

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