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El Tianguis cumple 50… y nosotros seguimos encontrándonos

PUNTO DE ENCUENTRO - Por Eduardo Chaillo (ex director del Tianguis Turístico 1999-2004)

En dos semanas, el Tianguis Turístico cumplirá 50 años.

Medio siglo de una idea que, en esencia, sigue siendo la misma: reunir en un mismo lugar a quienes promueven el producto turístico mexicano con quienes buscan incorporarlo a sus mercados. Una lógica simple, directa, casi intuitiva. Sin embargo, lo que ocurre en el Tianguis nunca ha sido solo eso.

Quienes hemos asistido año con año lo entendemos de otra manera. Más allá de las citas, las agendas y los pabellones, el Tianguis se convirtió con el tiempo en un espacio de reencuentro. Un punto donde coinciden trayectorias, se cruzan historias y se renuevan relaciones que, en muchos casos, llevan décadas construyéndose. Existe algo difícil de definir, pero fácil de reconocer: una comunidad. Una especie de familia del turismo, con todas sus virtudes y contradicciones. Con inercias, con resistencias, con cambios que a veces llegan tarde y otros que sorprenden. Una comunidad que ha crecido en paralelo al evento y que, en buena medida, explica por qué el Tianguis sigue siendo relevante.

Eso no se diseña. Eso sucede.

A lo largo de los años, el evento ha evolucionado como lo hacen muchas plataformas exitosas. Creció, se sofisticó, se volvió más vistoso. Los pabellones comenzaron a competir entre sí, las inauguraciones adquirieron mayor protagonismo y la narrativa institucional fue ocupando espacios cada vez más visibles.

En ese proceso, también cambió la forma en que se percibe el éxito: En algún punto, el Tianguis empezó a medirse más por lo que se mostraba que por lo que realmente ocurría dentro de las reuniones. México aprendió a proyectar una imagen potente, a montar escenarios de alto impacto y a generar presencia. Lo que no siempre logró con la misma disciplina fue entender y medir el valor de las conversaciones que daban sentido al evento.

Confundimos visibilidad con relevancia.

El modelo comercial tampoco permaneció intacto. Durante muchos años, la lógica giró en torno a atraer compradores mayoristas, principalmente tour operadores, bajo esquemas de hosted buyers. Ese modelo respondía a una realidad que dominaba la distribución turística en su momento. Esa realidad cambió. Hoy los canales son más diversos, los perfiles más especializados y la toma de decisiones mucho más fragmentada. Adaptarse a esa transformación ha sido un proceso gradual, no exento de resistencias. Quienes hemos estado cerca del Tianguis sabemos que cambiarlo nunca ha sido sencillo.

Basta recordar una pregunta que aparecía cada año, casi como ritual: ¿debería salir de Acapulco? La respuesta era, invariablemente, no. El Tianguis era Acapulco y Acapulco era el Tianguis. La idea de moverlo resultaba incómoda, innecesaria, incluso impensable. Hasta que dejó de serlo. Hoy, en su 50 aniversario, el evento regresa, una vez más, a su sede original. El gesto tiene algo de simbólico, pero también de revelador.

Hay otro aspecto que también merece reflexión.

El Tianguis se ha consolidado como una gran plataforma del turismo, pero no necesariamente de todas las industrias que hoy conviven dentro de ese universo. La industria de reuniones, por ejemplo, responde a dinámicas distintas, con otros actores, otros procesos y otros objetivos. Su presencia en el Tianguis ha sido más tangencial que estratégica, lo que refleja una realidad más amplia: el turismo ya no es un bloque homogéneo, sino un sistema más complejo, más segmentado y exigente.

Aun así, el Tianguis sigue funcionando.

No porque sea perfecto, sino porque conserva algo que no siempre se mide: la capacidad de reunirnos. De vernos, de conversar sin intermediarios, de reconstruir confianza en un entorno donde los procesos cambian, la tecnología avanza y los mercados evolucionan. Ese valor humano no solo permanece. Se vuelve más importante. En un momento en el que gran parte de la industria opera a través de plataformas digitales, algoritmos y procesos automatizados, el hecho de encontrarse cara a cara sigue teniendo un peso distinto. No sustituye lo demás, pero lo complementa de una forma que difícilmente se puede replicar. Ahí radica su vigencia.

El Tianguis no es solo un espacio donde se promueve producto turístico. Es un punto donde se conectan personas, se ajustan percepciones y se construyen relaciones que terminan definiendo decisiones.

Por eso, a dos semanas de su edición número 50, la invitación no debería ser solo a asistir. Conviene observarlo con mayor atención. Entender lo que sigue funcionando, lo que necesita evolucionar y, sobre todo, el papel que cada uno de nosotros juega dentro de ese ecosistema.

El Tianguis no es un evento que le sucede a la industria.

Es un espacio que la industria construye año con año.

Después de cinco décadas, el reto no está sólo en celebrarlo.

Está en participar en lo que sigue.

Quizá por eso seguimos regresando: no solo por lo que buscamos, sino por lo que sabemos que solo ahí puede volver a suceder.

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