Por qué ya nadie quiere dar el “Extra mile”
Impacto en los Negocios por Mario Elsner

En los últimos meses he escuchado la misma queja repetirse en distintos países, industrias y tamaños de empresa. Emprendedores, dueños y directores dicen lo mismo con distintas palabras: “la gente ya no da el extra mile”, solo hace lo mínimo, no se compromete como antes, no se pone la camiseta.
Y aunque suena tentador concluir que estamos frente a una generación más cómoda o menos comprometida, la realidad es otra, mucho más incómoda de aceptar.
El problema no es que la gente no quiera dar el extra mile. El problema es que hemos normalizado pedirlo mal, pedirlo siempre y pedirlo a cambio de poco.
Hoy, en muchos negocios, el “extra” dejó de ser excepcional y se volvió requisito. Ya no es un esfuerzo ocasional para un momento crítico, sino una expectativa permanente que se exige desde el primer día, muchas veces sin estructura, sin claridad y sin un camino real de crecimiento.

Hay algo que veo con frecuencia cuando acompaño a emprendedores que están creciendo sus negocios: están intentando contratar clones. No personas que complementen el negocio, sino versiones más baratas de ellos mismos.
Buscan a alguien que venda, administre, diseñe, escriba, publique, atienda clientes, piense estratégicamente, resuelva problemas y además tenga buena actitud, sea flexible, agradecido y disponible. Todo eso, por supuesto, con un presupuesto limitado, porque “así empezamos todos”.
Y sí, muchos emprendedores empezaron haciendo de todo. Yo incluido. Pero hay una diferencia enorme entre hacerlo porque no hay alternativa y pedirle a alguien más que viva permanentemente en esa etapa.
Lo que para el fundador fue una fase temporal de supervivencia, para el empleado se vuelve una rutina sin salida. Y ahí es donde el famoso extra mile deja de ser motivador y se convierte en desgaste.
Para explicarlo de forma simple, imagina a un emprendedor como alguien que, al inicio de su negocio, tuvo que empujar el coche cuesta arriba él solo. Lo logró, se cansó, se raspó, pero avanzó.
Años después, en lugar de contratar a alguien para manejar o ayudar a empujar en un tramo específico, decide contratar a otra persona y decirle que empuje el coche completo, cuesta arriba, todos los días, con el mismo esfuerzo… pero sin la recompensa futura que él sí tuvo. Y cuando esa persona se cansa, concluye que no tiene actitud.
Lo que muchos no quieren ver es que, cuando contratan a alguien para hacer demasiadas funciones distintas, esa persona inevitablemente va a priorizar lo que le resulta más natural o más cómodo, y va a descuidar lo que no le gusta, lo que no domina o lo que emocionalmente le pesa.
No porque sea floja, sino porque es humana. El resultado no es excelencia, es mediocridad repartida. Algo se hace bien, algo se hace “más o menos” y lo crítico termina sin hacerse.
Desde el punto de vista del negocio, esto tampoco es eficiente. Un emprendedor que intenta ahorrar contratando a un todólogo suele perder tiempo, foco y calidad en lo que realmente genera valor.
Termina revisando, corrigiendo, empujando y apagando fuegos, cuando su verdadero rol debería ser diseñar el sistema, tomar decisiones y crear las condiciones para que el negocio crezca. Buscar clones no solo quema a la gente, también frena al negocio.
Por eso, cuando alguien me dice que su equipo ya no da el extra mile, casi siempre le devuelvo la pregunta: ¿Está claro cuál es el “mile” que tiene que recorrer cada persona?, ¿Sabe exactamente dónde agrega más valor?, ¿O simplemente estás pidiendo que todos corran todo el camino contigo, aunque no sea su carrera? Porque el compromiso no nace del sacrificio infinito, nace de la claridad, del sentido y de una estructura que hace sostenible el esfuerzo.
La alternativa no es pedir menos, sino pedir mejor. Dejar de buscar clones y empezar a construir equipos donde cada persona haga pocas cosas, pero las haga bien, donde los especialistas se encarguen de lo técnico y lo pesado, y el emprendedor se concentre en lo que solo él puede hacer.
Cuando la gente entiende su rol, ve impacto real y siente que su esfuerzo no es un pozo sin fondo, el extra mile aparece solo, sin exigirlo.
Tal vez el problema no es que la gente ya no quiera dar el extra. Tal vez el problema es que llevamos años pidiendo maratones, pagándolos como caminatas y llamándolo cultura.





