Opinión

Esa industria que muchos políticos descubren demasiado tarde

Punto de Encuentro por Eduardo Chaillo, CMP, CITE, CMM

Opinión | 09/06/2026 | 10:42

Cada proceso electoral viene acompañado de promesas que suelen repetirse con sorprendente consistencia: más empleos, más inversión, mayor competitividad, mejor posicionamiento internacional, impulso a la innovación y desarrollo regional.

Lo curioso es que pocas veces aparece en esas conversaciones una herramienta capaz de contribuir simultáneamente a todos esos objetivos: la industria de reuniones. Quizá porque muchos líderes políticos siguen asociando congresos, convenciones y exposiciones exclusivamente con turismo, hoteles o visitantes temporales.

La realidad es bastante más compleja. Las reuniones son una de las pocas actividades económicas con capacidad de impactar transversalmente prácticamente todos los sectores productivos de un país.

Ciencia, tecnología, medicina, manufactura, educación, energía, telecomunicaciones, finanzas, agricultura o industrias creativas utilizan congresos y encuentros profesionales para intercambiar conocimiento, acelerar innovación, fortalecer redes de colaboración y proyectar capacidades ante el mundo.

La derrama económica es importante, por supuesto. Sin embargo, su verdadero alcance suele estar subestimado.

Los estudios de impacto realizados en diversos destinos muestran que los beneficios alcanzan a muchos más sectores y empresas de los que normalmente se consideran cuando se habla de turismo.

Producción audiovisual, tecnología, transporte, diseño, montaje, seguridad, logística, comercio local, servicios profesionales y cientos de pequeñas y medianas empresas forman parte de una cadena de valor que suele ser mucho más amplia de lo que imaginan quienes observan la actividad desde fuera.

Los políticos que han comprendido esta realidad han encontrado en la industria de reuniones una poderosa herramienta de desarrollo económico, posicionamiento internacional y construcción de reputación.

Recuerdo particularmente una decisión tomada durante la administración del presidente Vicente Fox. Más allá de filias o fobias políticas, existió una instrucción clara a los integrantes de su gabinete: trabajar para traer a México las reuniones más importantes del mundo relacionadas con sus respectivos sectores.

La lógica era simple y brillante al mismo tiempo. Si un país quiere ser relevante en ciencia, tecnología, telecomunicaciones, desarrollo, energía o salud, debe aspirar a convertirse también en el lugar donde esas conversaciones globales ocurren.

Aquella visión contribuyó a que México fuera sede de reuniones multilaterales de enorme relevancia, entre ellas la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de las Naciones Unidas celebrada en Monterrey en 2002, un encuentro que reunió a jefes de Estado, organismos multilaterales y líderes económicos de todo el mundo.

Durante esos años también se fortaleció por primera vez una estructura nacional especializada en la atracción de congresos y convenciones dentro del Consejo de Promoción Turística de México, la OCC.

Años después, el presidente Felipe Calderón impulsó la realización de la Cumbre del G20 en Los Cabos, acelerando decisiones e inversiones necesarias para recibir a los líderes de las economías más importantes del planeta.

La lógica se repitió en distintos momentos posteriores. La fotografía de los líderes de Norteamérica reunidos en Toluca durante la Cumbre de Líderes de América del Norte —con el presidente Enrique Peña Nieto, Barack Obama y el primer ministro canadiense, Stephen Harper— mostró cómo un encuentro internacional puede convertirse también en un activo de diplomacia, posicionamiento y narrativa país.

Más allá de la agenda específica de la reunión, esas imágenes proyectan capacidad organizativa, estabilidad institucional y relevancia internacional.

A nivel estatal también existen ejemplos memorables. Zacatecas logró albergar el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española gracias a la visión y el impulso de líderes como Genaro Borrego y Arturo Romo.

La presencia del Rey Juan Carlos I de España, del presidente Ernesto Zedillo y de figuras de la talla de Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Camilo José Cela y numerosos intelectuales iberoamericanos colocó a la ciudad en el centro de la conversación cultural del mundo hispanohablante. Ninguna campaña publicitaria hubiera logrado un posicionamiento comparable.

Algo similar ocurrió en Colombia cuando el presidente Juan Manuel Santos aprovechó el extraordinario posicionamiento internacional derivado del Premio Nobel de la Paz para impulsar la realización de la Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz en Bogotá.

Más allá del evento mismo, Colombia logró proyectar una narrativa distinta ante líderes globales, medios internacionales y tomadores de decisiones de todo el mundo.

Más recientemente, Mérida fue sede de esa misma reunión gracias a una combinación de visión política, capacidad de gestión y un decidido compromiso por parte del gobierno estatal encabezado entonces por Mauricio Vila y de Michelle Fridman al frente de la estrategia turística del estado.

Todos estos ejemplos comparten un elemento común. Ninguno de esos líderes veía los eventos únicamente como reuniones.

Entendían que eran plataformas para atraer conocimiento, fortalecer sectores estratégicos, construir reputación, generar relaciones internacionales y acelerar procesos de desarrollo.

Por eso resulta sorprendente que todavía sean relativamente pocos los gobiernos que incorporan la atracción de reuniones dentro de sus estrategias de competitividad, innovación o desarrollo económico.

Si la industria global de reuniones fuera un país, estaría entre las 15 economías más grandes del planeta por el tamaño de su PIB.

Su capacidad para generar empleo calificado, transferir conocimiento, atraer inversión y fortalecer ecosistemas productivos está ampliamente documentada.

México posee infraestructura, conectividad, universidades, centros de investigación, industrias competitivas y talento profesional suficiente para aspirar a un papel mucho más relevante en este terreno.

Resulta paradójico que muchos gobiernos inviertan enormes recursos para atraer inversión, talento, innovación o empresas, mientras prestan relativamente poca atención a una industria cuya razón de ser consiste precisamente en reunir a inversionistas, científicos, empresarios, académicos, líderes sectoriales y tomadores de decisiones en un mismo lugar.

Quizá por ello resulta inevitable plantear una reflexión hacia el futuro. La Presidenta Claudia Sheinbaum proviene del mundo académico y científico. Como investigadora, profesora y científica seguramente ha participado durante décadas en congresos, coloquios, seminarios y encuentros especializados donde el conocimiento se comparte, se debate y se transforma en innovación.

Pocos jefes de Estado llegan al cargo con una exposición tan directa al valor que tienen las reuniones profesionales para el avance de la ciencia, la educación y el desarrollo.

Si alguien puede comprender de manera natural el impacto que tienen los congresos, convenciones y encuentros internacionales en la generación de conocimiento, la colaboración entre instituciones y el fortalecimiento de sectores estratégicos, debería ser precisamente una científica.

La pregunta no es si México tiene la capacidad para competir por los grandes eventos del mundo. La pregunta es si estaremos dispuestos a convertir esa capacidad en una verdadera política de Estado.

Los gobiernos que entienden el poder de las reuniones descubren que no se trata simplemente de atraer eventos. Se trata de atraer conocimiento, relaciones, inversión, reputación y oportunidades para el futuro.

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