Opinión

Hacia el segundo semestre de 2026: presidenta construyó estabilidad y ahora viene la inercia

Visión Compartida por Víctor José López Martínez

Opinión | 07/06/2026 | 19:08

México llega a la segunda mitad de 2026 sobre cimientos firmes. Las finanzas públicas están ordenadas, la deuda de Pemex en su nivel más bajo en 11 años, el peso apreciado y la inflación a la baja. Esto es el resultado de una conducción que decidió construir cimientos antes que levantar fachadas. Conviene nombrarlo con precisión ahora, antes de que el ruido del año electoral lo vuelva irreconocible.

El punto de partida es entender que el crecimiento contenido responde a una elección deliberada de política económica. Se priorizó la estabilidad versus la expansión. Esa decisión tiene una lógica que se aprecia mejor a la luz del entorno externo, porque fue ahí donde se puso a prueba. La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos de América y Canadá se encuentra abierta, con rondas formales que continúan este mismo mes en Washington y otra prevista para julio en la Ciudad de México.

A esa incertidumbre estructural se sumó, a inicios de mes, una nueva propuesta arancelaria estadounidense bajo el argumento del trabajo forzoso, que colocó a México en la lista junto con Canadá, la Unión Europea y otros socios. Aunque, en el caso de nuestro país las mercancías que cumplen las reglas de origen del tratado quedarían exentas.

Mientras el ruido externo subía de tono, la conducción económica de la Presidenta hizo el trabajo que no genera titulares, pero sostiene todo lo demás. La consolidación fiscal redujo el déficit en un punto y medio del producto interno durante 2025, y la recaudación subió de 14.7 a 15.2 por ciento del PIB sin necesidad de una reforma tributaria traumática.

Pemex, el pasivo que durante años fue sinónimo de riesgo soberano, recortó su deuda hasta el nivel más bajo en once años, una reducción de alrededor de veinte mil millones de dólares respecto a 2018 que las tres grandes calificadoras reconocieron. El peso se mantuvo apreciado, cerca de 17.40 por dólar, y la inflación siguió cediendo en paralelo a las tasas. Cada uno de esos movimientos es importante por separado. Juntos son una plataforma.

La fortaleza de esta estrategia se mide por la tentación que supo resistir. Frente a un primer tramo de sexenio y con la presión de mostrar dinamismo, lo cómodo habría sido empujar el gasto, inflar el ciclo y comprar crecimiento de corto plazo. Esa receta luce bien durante unos trimestres y se cobra caro después, justo cuando uno menos puede pagarlo. La decisión fue la inversa: contener, ordenar, sanear. Es la decisión que deja a un país en condiciones de crecer sin comprometer el futuro, y es también la que exige más temple, porque sus frutos no se ven el día que se siembran.

Conviene mirar de cerca cómo se ha comportado la economía durante este reordenamiento, porque ahí se aprecia la inteligencia de la estrategia. El país avanzó a dos velocidades, y fue por diseño. El consumo interno mantuvo el paso firme y sostuvo la actividad, mientras la inversión y el segmento industrial se desplegaban con el ritmo que aconseja un horizonte comercial en definición.

Esa asimetría revela una jerarquía de prioridades bien puesta: se protegió primero el motor que toca directamente a las familias, mientras la inversión productiva se reservaba para desplegarse con fuerza sobre terreno cierto y no a tientas. La velocidad del consumo cuidó el presente; la cadencia de la inversión preparó el futuro.

Los frutos de esa secuencia ya están proyectados por quienes no tienen incentivo para halagar a nadie. BBVA estima que la economía pasará de un crecimiento de 1.8 por ciento en 2026 a 2.0 por ciento en 2027, y es explícito sobre el mecanismo: un efecto de arrastre que se enciende en la segunda mitad de este año, apoyado en una revisión exitosa del tratado.

El Banco de México, el más prudente de todos en sus pronósticos, coincide en lo esencial: la recuperación de la inversión se activa precisamente en el segundo semestre. Que ambos coloquen el punto de inflexión en el mismo lugar confirma que la estabilidad de estos dos años no fue una inacción disfrazada de prudencia. Fue la condición previa para que el despegue ocurra en el momento justo.

Hay un activo que rara vez aparece en las gráficas pero que determina todo lo demás, y que esta administración ha entendido como pocas: la certidumbre jurídica. Ningún capital de largo plazo se compromete sobre reglas que no sabe si seguirán vigentes mañana.

Por eso la defensa puntillosa de las reglas de origen frente a la presión arancelaria no es un tecnicismo de abogados, sino una política de Estado: cada vez que México demuestra que cumple el tratado al pie de la letra y exige que se le respete en los mismos términos, está construyendo el suelo firme sobre el que se decide invertir. El orden en las finanzas y el orden en las reglas son la misma estrategia vista desde dos ángulos.

La Presidenta ha gobernado entendiendo que la estabilidad macroeconómica sin certidumbre institucional es una casa sin cimientos, y que los cimientos, aunque no se vean, son lo primero que se construye.

Ese manejo estratégico tiene una consecuencia directa para los estados, y conviene anticiparla con honestidad. Si los recursos federales se administran con la misma disciplina con que se ordenaron las finanzas nacionales, su disposición llegará de manera paulatina y ordenada, no en avalanchas que lo resuelvan todo de golpe. Eso cambia las reglas del juego para la infraestructura local.

Las entidades que se sienten a esperar el gasto federal como única fuente difícilmente verán terminados sus proyectos; las que sí los concluyan serán las que sepan complementar ese flujo con esquemas financieros innovadores y de estado de la técnica: vehículos de financiamiento estructurado, apalancamiento ordenado de recursos propios y coordinación inteligente con la inversión privada.

La era del proyecto que se completa con una sola transferencia quedó atrás. La que viene premia a quien tenga la capacidad técnica de diseñar la ingeniería financiera adecuada para cada obra. En ese terreno, el federalismo deja de ser una fila para recibir y se convierte en una competencia por la mejor ejecución.

México entrará a su año electoral, el de 2027, sobre una economía sólida y con plena inercia. La conducción de la Presidenta Claudia Sheinbaum apostó por hacer primero el trabajo difícil, el que no se aplaude, para llegar al momento del despegue con la casa en orden, las cuentas sanas y las reglas firmes. Esa es una forma de gobernar que premia más la responsabilidad que el aplauso inmediato. En política económica, donde casi todo se decide en el largo plazo, esa disciplina es la decisión más difícil que existe. Y es la que hoy tiene a México de pie y listo para crecer.

Artículos Relacionados

Back to top button