Después de terminar de leer la novela “Salvo mi corazón, todo está bien” de Héctor Abad Faciolince me fui a revisar mi librero para buscar otros libros que rememoré, mientras leía, porque también tienen como leitmotiv al corazón. Este órgano vital que hemos convertido en símbolo y metáfora, y asoma en nuestras expresiones más coloquiales del amor.
“Te amo con todo mi corazón”, “Te deseo de todo corazón”, “Le rompieron el corazón”, son frases cotidianas que hemos usado a lo largo de los siglos y seguimos usando. Asociamos a este motor biológico con nuestras emociones y sentimientos, aunque científicamente esté comprobado que no es del todo así. Eso no lo aprendí en las clases de biología, a las que probablemente no les presté mucha atención. Lo leí en el libro “Examen de mi padre” de Jorge Volpi.
En este libro, Volpi escribe un análisis clínico de la memoria de su padre, a la vez que una autopsia de nuestro país. Su padre fue un médico destacado, y en el libro hay un capítulo dedicado exclusivamente al corazón, el cual abre diciendo: “Mi padre tenía buen corazón”, una frase cotidiana que usamos para referirnos a alguien que es bueno o bondadoso. Mi abuelo paterno, también fue un hombre de buen corazón, y sin embargo, se le detuvo abruptamente el último día del año de 1983.
Entre esas páginas el autor nos revela que “pasarán siglos antes de que se probase que el corazón no es el receptáculo ni de los pensamientos ni de las emociones, aunque aún hoy nos guste creer -y sentir- que el amor fluye en nosotros a partir de esa máquina hecha de puro tejido muscular”. Fueron médicos del siglo XVII, los padres de la anatomía moderna y la fisiología, quienes científicamente derribaron la creencia de que nuestras emociones y el amor nacen y se anidan ahí de nuestro lado izquierdo.
Del ensayo de Volpi sobre su padre y este país sin corazón, voy a otro libro, la novela de Ana V. Clavel, “Breve tratado del corazón”, donde se cruzan tres historias diferentes con epígrafes, textos breves, apostillas e imágenes relativas a este órgano tan enigmático, territorio de claroscuros, “esa zona secreta donde llevamos inscritos el paraíso y su dolor como un tatuaje profundo”.
Y de esa novela, donde el corazón palpita entre ficción, mito e historia, voy a los versos de un soneto de Sor Juana Inés de la Cruz que desde la adolescencia tengo atravesados en la memoria, y gracias a mi sistema límbico, no se me borraron por algún extraño motivo: “Que el corazón me vieses deseaba”, le suplica la voz poética en esa escena donde discuten dos amantes y las palabras les son insuficientes para persuadir de su amor al otro. Y termina derrotado: “pues ya en líquido humor viste y tocaste/ mi corazón deshecho entre tus manos”. El amor es darle el poder al otro de enaltecer o destruir nuestro propio corazón.
En cambio, la novela de Abad Faciolince nos muestra a Luis Córdoba, un sacerdote que se entregó con todo el corazón a su fe, a su amor al cine y la música, a sus amigos y a la vida misma que nunca lo trató tan bien. Un hombre de gran corazón que está a la espera de un trasplante para empezar una nueva vida, pasar del sacerdocio a formar una familia.
“Salvo mi corazón, todo está bien” es un libro hermoso y conmovedor, es una cirugía literaria a corazón abierto, que nos devela que, en efecto, “dos aposentos tienen el corazón: en uno vive la alegría, y en el otro, el dolor”.
Nuestra existencia está marcada por el ritmo de nuestros latidos; ¡y pensar que un día a todos se nos va a detener el corazón! Y, sin embargo, no saber ni cómo, ni cuando es lo que nos mantiene vivos.
Leer estos libros que diseccionan con bisturí el órgano más nombrado de nuestro cuerpo, me lleva a creer que, si no ahí se anidan nuestras emociones, ni el amor, y que tampoco hay corazones de hierro, ni de piedra, esa bóveda inexpugnable sí arde como dice Silvina Ocampo, sí se encoje, se acelera, se cansa, y se marchita. Sí se agrieta un poco o se regocija, y se estremece cuando alguien nos dedica sus mejores o peores deseos con la frase: “Te deseo de todo corazón que…”.




