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¿Ser el mejor de los peores… O el peor de los mejores?

Impacto en los Negocios por Mario Elsner

Siempre me ha parecido curioso cómo el ego se disfraza de sabiduría popular.

Inventamos frases que suenan profundas, casi filosóficas, pero que en el fondo solo justifican nuestra comodidad. Una de mis favoritas es esa que muchos repiten con orgullo: “Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león”.

Suena fuerte. Independiente. Hasta valiente.

Pero si la desarmas con calma, muchas veces es solo una manera elegante de decir: prefiero mandar en lo pequeño que competir en lo grande. Prefiero no incomodarme. Prefiero no medir mi talento contra otros más fuertes. Prefiero ganar en una liga donde ya sé que soy el mejor.

Y el problema no es la frase. El problema es lo que revela. Hace unos años estaba en una ciudad al sur de Brasil, a un par de horas de Porto Alegre.

Había viajado para conocer a un empresario que acababa de vender su compañía por varios millones de dólares. Tenía menos de cuarenta años y manejaba un Lamborghini mucho antes de cerrar la venta. En otras palabras, no necesitaba vender para volverse millonario. Ya lo era.

Comimos en un restaurante elegante, de esos donde cada mesa parece estar celebrando algo importante. Yo estaba genuinamente impresionado.

No solo por la venta, sino porque después del cierre él seguiría unos años al frente de la empresa, ahora como ejecutivo contratado, con un bono millonario condicionado a resultados.

El sueño de muchos. Pero había un detalle que yo no sabía.
Él no era el fundador. Era el hijo del fundador.
El que había decidido vender era su padre.

En México, al menos en mi experiencia, vender una empresa familiar es casi un sacrilegio. Aquí muchas veces se hereda, aunque el mercado haya cambiado, aunque el mundo haya evolucionado, aunque la competencia global te esté pasando por encima. Se hereda por orgullo. Por tradición. Por “esto es nuestro”.

Así que no pude evitar preguntarle, casi con incredulidad:

—¿Vendieron tu herencia? ¿Y ahora qué vas a hacer?
Él se rió. No con burla, sino con claridad.
Me señaló discretamente las mesas alrededor.
—¿Ves a esas personas? —me dijo—. Todas están orgullosas de nosotros.
Yo no entendía.
—Vendimos en nuestro mejor momento. No cuando estábamos contra la pared. No cuando ya no pudiéramos competir. Vendimos cuando éramos fuertes. Mi abuelo quería heredar. Mi papá decidió vender. Porque entendió que ser parte de algo más grande iba a generar más impacto que quedarnos defendiendo lo nuestro solo por orgullo.
Se quedaron en silencio unos segundos y añadió:
—Prefiero ser socio en un león global… que rey de una selva que se está quedando sin árboles.
Ahí fue cuando lo entendí.
No vendieron por necesidad. Vendieron por visión.
No fue un acto de debilidad. Fue un acto de madurez.

Muchos empresarios construyen compañías para sentirse indispensables. Para ser la cabeza. Para que todo pase por ellos. Y mientras eso sucede, el negocio gira alrededor de su identidad. No alrededor de su impacto.

Ser el mejor de los peores alimenta el ego.
Ser el peor de los mejores alimenta el crecimiento.

Porque cuando te rodeas de gente más capaz, de socios más grandes, de mercados más exigentes, inevitablemente te vuelves más fuerte. Sí, pierdes control. Sí, ya no eres el único protagonista. Pero ganas escala, aprendizaje y futuro.

El ego quiere control.
La visión quiere trascendencia.
Ese empresario brasileño lo entendió. No estaba defendiendo una herencia emocional. Estaba construyendo una herencia estratégica. Vendieron en el punto más alto para que la empresa no muriera lentamente por romanticismo.

Y ahí me quedó clara una frase que desde entonces repito cuando hablo con empresarios que se aferran a lo “propio” aunque el mundo haya cambiado:

No construyas compañías para inflar tu ego. Constrúyelas para multiplicar su impacto.
Porque al final, la pregunta no es si sigues siendo el jefe.
La pregunta es si tu empresa seguirá siendo relevante cuando tú ya no estés.

Y eso solo ocurre cuando dejas de pensar como dueño… y empiezas a pensar como Líder Impactante.
Así que la próxima vez que repitas con orgullo que prefieres ser cabeza de ratón que cola de león, pregúntate algo más incómodo:

¿Estás protegiendo tu grandeza…o estás protegiendo tu Ego?

@elmomento_metropolitano

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