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Dejar de pretender

Aguas internacionales por José Miguel Martínez

Estaba el otro día platicando con una amiga y comentó algo que no he dejado de pensar desde entonces. Me dijo: “¿Sabes por qué el comunismo en la URSS vivió tanto tiempo? La respuesta es muy sencilla: las personas pretendían que funcionaba”. Si un vendedor de fruta ponía frente a su local “todos trabajamos para todos”, aunque no lo creyera del todo, hacía lo posible porque así fuera. Todos en la URSS pretendían que creían en el sistema, hasta que unos cuantos dejaron de pretender y todo se vino abajo.

Esto mismo lo podemos aplicar al status quo actual, al Derecho Internacional y a todas las instituciones que de él emanan, así como a los organismos, foros y convenciones internacionales, muchas de las cuales se rigen por el principio de “buena fe”: todos los Estados tienen que actuar de la mejor manera en pro del bienestar internacional.

Hoy en día, quien decidió dejar de pretender que creía es Donald Trump, nada más y nada menos que el presidente de Estados Unidos, quien además de dejar de fingir que cree en el orden actual, está haciendo todo lo posible por poner el panorama de cabeza.

Recientemente volvimos a vivir otro episodio de -yo no lo puedo llamar de otra manera- locura en el Foro Económico Mundial (FEM), también llamado Foro de Davos, donde Trump fue el protagonista, para sorpresa de nadie. En distintos momentos el mandatario estadounidense arremetió contra Europa por oponerse a la compra de Groenlandia. De los primeros en manifestarse fue Macron, presidente de Francia, quien intentó dialogar con él; sin embargo, Trump lo reprimió diciendo que impondría un 100% de aranceles a las importaciones francesas.

Otros jefes de Estado intentaron hacer entrar en razón a Trump, pero fue inútil. El presidente de Estados Unidos lo vio como una rebelión, por lo que amenazó con imponer un 10% de aranceles a todo lo que viniera de Europa. Rápidamente, Europa comentó que estaba dispuesta a romper el acuerdo comercial con su socio, aliado político y militar.

Una de las sorpresas del foro fue el primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien confrontó a Trump diciendo que, si no estás a la mesa junto a él, estás en el menú. Incitó a las potencias medias a unirse en contra de un enemigo más fuerte que ellas, pero que juntas podían hacer contrapeso y restaurar el equilibrio de poder en el panorama internacional. Como todo lo que va en contra de los deseos de Trump, esto se lo tomó muy mal, por lo que decidió amenazar a Canadá -sí, también a Canadá; a estas alturas creo que es más sencillo decir a quién no amenazó- con un 100% de aranceles para todos los productos canadienses. Carney publicó un video a través de sus redes sociales incitando a la población a consumir solo productos canadienses.

Trump dejó de pretender que creía en la cooperación, porque nadie en su sano juicio intenta iniciar una guerra comercial con todos los que no apoyan sus ideas. El tema es que Trump conoce a la perfección los límites con los que otros Estados se conducen, por lo que puede empujarlos hasta el punto de romper alianzas que para su país pueden significar mucho, pero que para sus aliados pueden significar la estabilidad de su nación.

Trump dejó de pretender que la OTAN era una buena idea; empezó a criticarla y a atacar sus puntos débiles, poniendo en jaque a toda Europa. Dejó de pretender que la ONU servía para algo y ahora pasa por encima de ella cada que tiene oportunidad. Dejó de pretender que Estados Unidos tenía que ser igual que los demás, sin importar que ellos mismos crearon y construyeron el panorama en el que vivimos.

Simplemente Trump dejó de fingir que creía en la mentira que, 80 años antes, su propia nación creó. Se dio cuenta de que no tiene por qué rendirle cuentas a nadie y de que Estados Unidos se estaba quedando atrás y dejando de ganar por ser “políticamente correcto”.

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