
Hay goles que sirven para ganar un partido.
Y hay goles que representan mucho más.
El primero de Armando “La Hormiga” González en Europa pertenece a esa segunda categoría.
Porque uno puede ver el video y pensar que fue solamente un cabezazo.
Pero detrás de ese cabezazo hay años.
Hay entrenamientos.
Hay partidos en fuerzas básicas.
Hay momentos en los que seguramente dudó.
Hay días en los que tuvo que seguir trabajando sin saber cuándo llegaría su oportunidad.
Y ahora está en Grecia, jugando para el Olympiacos, viendo cómo aquella pelota termina dentro de la portería.
Qué bonito debe sentirse.
Porque ese es uno de los grandes sueños de cualquier futbolista mexicano.
Llegar a Europa.
Salir de casa.
Dejar atrás a la familia, los amigos, las costumbres y todo lo conocido para intentar demostrar que también puedes jugar allá.
La Hormiga no llegó de la nada.
Llegó después de pasar ocho años en Chivas.
Desde las fuerzas básicas hasta convertirse en uno de los rostros más queridos del Guadalajara.
Y vaya manera de despedirse.
Después de convertirse en campeón de goleo de la Liga MX, de vivir noches inolvidables con Chivas y de ganarse un lugar en la Selección Mexicana, llegó el momento de hacer las maletas.
Y entonces apareció Grecia.
Otro idioma.
Otra cultura.
Otro fútbol.
Otra vida.
Pero hay algo que viaja contigo.
La confianza.
Esa que se construye cuando sabes todo lo que tuviste que hacer para llegar hasta ahí.
Por eso su primer gol con Olympiacos me parece más importante de lo que parece.
Porque no solamente marca el comienzo de una nueva etapa.
También es una confirmación.
Una pequeña señal que dice:
“Sí puedo estar aquí”.
Y quizá eso fue lo que más disfrutamos los mexicanos al verlo celebrar.
No fue solamente un jugador que metió un gol.
Fue uno de los nuestros haciéndose notar lejos de casa.
Además, La Hormiga ya había vivido algo que para cualquier futbolista mexicano debe ser difícil de explicar.
Ponerse la camiseta de la Selección y jugar un Mundial.
Hace poco estaba viendo partidos desde México.
Ahora está haciendo goles en Europa después de haber representado a nuestro país en el escenario más grande que existe.
Qué rápido puede cambiar la vida.
Pero también qué rápido olvidamos todo lo que tuvo que pasar para que cambiara.
Porque detrás de cada mexicano que llega a Europa hay una historia que comenzó mucho antes del avión.
Y por eso deberíamos disfrutar más estos momentos.
No exigirle que mañana sea una estrella mundial.
No compararlo con nadie.
No pedirle que resuelva todo.
Simplemente dejarlo crecer.
Dejarlo equivocarse.
Dejarlo aprender.
Porque ese primer gol no es la llegada.
Es apenas la primera página de un libro que todavía falta escribir.
Y si algo nos enseñó la Hormiga desde Chivas es que no necesitas ser el jugador más famoso para terminar haciendo mucho ruido.
A veces basta con trabajar.
Esperar.
Y estar preparado cuando finalmente llega la oportunidad.
Ahora le toca hacerlo lejos de México.
Y seguramente habrá partidos buenos y partidos malos.
Habrá días en los que todo salga perfecto y otros en los que quiera regresar a casa.
Así es el fútbol.
Así es la vida.
Pero el miércoles pasado, por unos segundos, todo fue perfecto.
Un mexicano.
Una camiseta nueva.
Una pelota en el área.
Un cabezazo.
Y un grito.
El primero de muchos, como escribió Amaury Vergara después de verlo marcar.
Ojalá.
Porque cada vez que un mexicano hace historia lejos de casa, todos sentimos que una pequeña parte de nosotros también está jugando ese partido.
Y quizá por eso el primer gol siempre se siente diferente.
Porque no solo abre una cuenta.
Abre una puerta.



