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EL MOMENTO RUDO - Juan Pablo Rivera

Opinión | 21/06/2026 | 20:58

Eso es todo lo que ha necesitado la Selección Nacional de México para devolverle algo que parecía perdido hace tiempo.

Esperanza.

No una esperanza ingenua.

No esa que nace de la euforia desmedida.

Una esperanza construida desde el orden, la paciencia y la sensación de que este equipo, por fin, entiende lo que significa jugar un Mundial.

Porque ganar los dos primeros partidos no es casualidad. Vencer a Sudáfrica en la inauguración y superar a Corea del Sur para asegurar el liderato del grupo habla de un equipo que ha aprendido a competir. 

Y competir, en una Copa del Mundo, vale más que jugar bonito.

Porque el Mundial no premia al que llega con más nombres.

Premia al que entiende mejor el momento.

Al que sabe sufrir.

Al que aprovecha el error del rival.

Al que mantiene la calma cuando todo alrededor parece un incendio.

México lo está haciendo.

Con sus limitaciones.

Con sus dudas.

Pero también con una idea clara: en un torneo así, cada partido es una final. 

Y quizá esa sea la mayor enseñanza de estos primeros días.

La historia pesa.

Pero no juega.

Los antecedentes impresionan.

Pero no meten goles.

Porque este Mundial ya nos ha regalado sorpresas.

Selecciones que llegaban rodeadas de expectativas y no han logrado cumplirlas.

Potencias que parecían invencibles y hoy generan más preguntas que respuestas.

Equipos que nadie tenía en el radar y que han decidido jugar cada minuto como si fuera el último.

Ahí está la grandeza de este torneo.

En recordarnos que el fútbol no tiene memoria.

Que la camiseta ayuda, pero no resuelve.

Que los pronósticos sirven hasta que el árbitro da el silbatazo inicial.

Y entonces aparece lo verdaderamente importante.

El carácter.

La capacidad de adaptarse.

La valentía para competir cuando el cansancio aprieta y la presión amenaza con paralizar.

Por eso este Mundial resulta tan fascinante.

Porque destruye certezas.

Porque obliga a empezar de cero cada cuatro años.

Porque le recuerda al mundo que el fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde el pasado no garantiza absolutamente nada.

Y ahí está México.

Con seis puntos.

Con la clasificación asegurada.

Con una afición que, después de tantos tropiezos, vuelve a permitirse soñar. 

Claro que vendrán rivales más complejos.

Claro que el verdadero examen está por delante.

Pero el optimismo también se construye.

Y este equipo se lo ha ganado.

Porque en un Mundial no importa cómo llegaste.

Importa cómo reaccionas cuando la oportunidad aparece.

Y hasta ahora, México ha entendido perfectamente el mensaje.

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No basta con estar en casa.

Hay que defenderla.

Porque en una Copa del Mundo nadie regala nada.

Y quien olvida eso, se vuelve una sorpresa.

Pero no de las buenas.

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