¿Hay equipos que también se heredan como un apellido?
EL MOMENTO RUDO - Juan Pablo Rivera
Hay cosas que un papá te enseña sin darse cuenta.
No se sienta a darte una clase.
No te pone una presentación.
No te deja un manual.
Te lo deja viviendo.
Una canción.
Una costumbre.
Una frase repetida muchas veces.
Un equipo de fútbol.
Mi papá, Arturo, el Rudo Rivera, era un apasionado del deporte. Le gustaba sentirlo. Vivirlo. Meterse emocionalmente en la historia que ocurría frente a él. Y entre todas esas historias había una que ocupaba un lugar especial.
El Atlante.
Porque hay equipos grandes.
Y luego están los equipos que se vuelven parte de la identidad.
Atlante es eso para mucha gente.
Una institución que ha cargado años de historia, de golpes, de resistencia. De momentos brillantes y también de noches donde parecía que el camino se hacía más pesado.
Pero hay algo muy particular con los equipos que aprenden a sufrir.
Generan pertenencia.
Generan cariño.
Generan esa extraña necesidad de seguir ahí incluso cuando las cosas no salen.
Y mi papá era así.
Le gustaba creer.
Le gustaba ese deporte que no siempre premia al más poderoso, sino al que insiste.
Por eso muchas veces pienso algo.
Pienso en cómo estaría viviendo este momento.
Pienso en cómo hablaría del Atlante.
Pienso en esa emoción que le hubiera dado ver más cerca ese anhelo que tantos aficionados cargan desde hace años: volver a ver al equipo donde siente que pertenece.
Porque hay regresos que no son deportivos.
Son emocionales.
Volver significa recordar.
Volver significa recuperar una parte de lo que alguna vez hizo feliz a mucha gente.
Y estoy seguro de algo.
Mi papá estaría feliz.
No solamente por los resultados.
Por la sensación.
Por volver a sentir que el equipo de toda una vida vuelve a tocar una puerta que nunca debió dejar de tocar.
La Primera División.
Porque el fútbol tiene algo hermoso.
A veces no solo conecta generaciones.
Las mantiene cerca.
Hoy entiendo que muchos recuerdos importantes de mi vida tienen un balón de fondo.
Una tribuna.
Un comentario.
Una emoción compartida.
Y ahí está él.
Todavía.
En la memoria.
En esas pequeñas cosas que el tiempo no se lleva.
Porque uno piensa que hereda apellidos.
Y no.
También hereda colores.
Hereda rituales.
Hereda formas de sentir.
Y quizá por eso cuando pienso en el Atlante pienso también en mi papá.
En la ilusión.
En la esperanza.
En esa manera tan suya de creer que el deporte siempre da otra oportunidad.
Y quién sabe.
A lo mejor hay gente que se va.
Pero ciertas pasiones encuentran la forma de quedarse.
Para siempre.




