En muy poco tiempo, esta era del algoritmo y la inteligencia artificial está logrando homogenizarnos en todo: en cómo escribimos, hablamos, qué vemos, en qué creemos y, peligrosamente hasta en qué y cómo pensamos.
Con la inteligencia artificial nuestro lenguaje lejos de potencializarse se está limitando a esquemas idénticos y estandarizados que se están haciendo cada vez más evidentes. Leer nos permitía justamente tener un vocabulario y un léxico cada vez más amplio, además de desarrollar un pensamiento crítico para discernir y tener una opinión propia, algo que estamos perdiendo a una velocidad increíble, y probablemente sin que nos estemos dando cuenta.
Hace algunas décadas atrás, cuando se enseñaba todavía la asignatura de Filosofía, aprendíamos sobre la dichosa Caverna de Platón. Cuando se masificó la televisión se auguró, una vez más, el final de los libros y del pensamiento crítico, porque ¿quién querría leer y pensar si ahora la televisión podía contarnos historias con imágenes y podíamos pasar horas frente a ella? Pero el libro no desapareció. Se mantuvo como una esperanza, como una alternativa para que la imaginación y el pensamiento propio siguieran dando batalla.
Cuando fueron apareciendo en nuestras vidas el cine, el internet, los e-books, las redes sociales y los audiolibros, el peligro que vaticinaban los fatalistas de la desaparición del libro volvía a resurgir. Pero éste siguió manteniéndose como una luz para iluminar nuestros momentos más aciagos, tristes y dolorosos de la historia de la humanidad.
Ahora, con la irrupción de la inmediatez en redes sociales y de la inteligencia artificial otra vez el libro vuelve a correr el peligro de extinguirse, al menos los escritos cien por ciento por humanos. Pero junto a él, nuestras capacidades para pensar por nosotros mismos, escribir creativa y libremente, analizar, interpretar y discernir, pero sobre todo para imaginar otros mundos posibles.
Así como con la televisión, hoy, con la IA y las redes sociales, “hundidas y esclavizadas en la ignorancia, las multitudes ven las sombras de una realidad, ven imágenes manipuladas por charlatanes que desean hacer creer una verdad de fantasmas, de reflejos de lo que realmente ocurre detrás de ese muro informativo”, como auguró acertadamente José Ángel Leyva en su libro “Lectura y futuro”.
Leer libros nos permite adentrarnos a muchas posibilidades de la imaginación y la creatividad, y salirnos como coloquialmente se dice de “la caja”. Meternos en otras mentes y en otros cuerpos para regresar a nuestra realidad cargados de nuevas experiencias que solo entre las páginas de los libros vamos a poder experimentar.
Pero especialmente por eso, los libros, los que despiertan nuestro pensamiento crítico, han sido censurados en todos los regímenes del mundo. El peligro de hacernos pensar acecha siempre a los políticos, los mismos que dan discursos demagógicos sobre el fomento a la lectura y los libros. Los mismos que luego no cumplen nada.
Lo dice otra vez muy atinadamente José Ángel Leyva, “la lectura, es cierto, no es garantía de progreso y bienestar material, de poder político, pero su ausencia sí es garantía de sometimiento, de pobreza, de marginación, de olvido, de ceguera, de debilidad crítica, de masa amorfa.”
Con la inteligencia artificial dejarse seducir por las páginas, de papel o digitales, de un libro y leerlo de principio a fin, y todavía además atreverse a opinar o comentar sobre él, parece que será algo extraño y subversivo, porque la IA ya lee, resume y genera comentarios sobre libros por ti en segundos.
No obstante, en este futuro tan homogenizado que está formando la IA, los lectores y escritores seremos especies raras, los que no encajen en esa masa amorfa, los que vamos a seguir leyendo, en papel o en digital, y creyendo en la necesidad y la vigencia del libro hasta el fin del mundo.




