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El increíble viaje de las polillas que usan la Vía Láctea como mapa estelar

Con información de Daniel Pellicer Roig, National Geographic

Un estudio revela que las polillas Bogong recorren mil kilómetros guiándose por las estrellas, una hazaña de navegación nunca antes vista en insectos.

En una coincidencia casi poética con las fechas recientes de la Epifanía, la ciencia ha confirmado que los Reyes Magos no son los únicos que siguen a las estrellas para encontrar su destino. Un equipo de investigadores de diversas universidades australianas y de la Universidad de Lund ha descrito, por primera vez en la historia, un comportamiento fascinante en un invertebrado: las polillas Bogong (Agrotis infusa) utilizan la Vía Láctea como brújula para atravesar el continente australiano.

Una migración titánica contra el calor austral

Cada año, cuando el verano austral golpea con fuerza, ocurre un fenómeno natural impresionante. Aproximadamente cuatro mil millones de polillas Bogong inician un éxodo masivo para escapar de las altas temperaturas. Estos insectos, que miden apenas entre 4 y 5 centímetros de envergadura, emprenden un vuelo nocturno de más de 1.000 kilómetros.

Sin mapas, sin GPS y en la oscuridad total, atraviesan llanuras, montes y pastizales con un objetivo claro: las cuevas frescas de la sierra de Snowy, ubicadas al sudeste del subcontinente. Al llegar, su número es tal que cubren las paredes y techos de las cavernas, creando un manto vivo de color marrón donde permanecen en estado de letargo durante cuatro meses hasta que las temperaturas descienden.

Foto: Ajay Narendra

Un cerebro diminuto para una gran hazaña

Lo que ha desconcertado a los entomólogos durante décadas es la precisión de este viaje. ¿Cómo es posible que un insecto con un cerebro diez veces más pequeño que un grano de arroz tenga tal capacidad de orientación? Hasta hace poco, se creía que la navegación estelar compleja era exclusiva de animales vertebrados o más evolucionados.

Sin embargo, Eric Warrant, catedrático de biología de la Universidad de Lund, y su equipo han resuelto el misterio. “La polilla Bogong es capaz de usar las estrellas como una brújula y así encontrar su posición relativa al norte”, explica el experto. Este descubrimiento redefine lo que sabíamos sobre la inteligencia y las capacidades sensoriales de los invertebrados.

El ingenioso experimento del simulador de vuelo

Para comprobar esta teoría, los científicos tuvieron que ponerse creativos, ya que no se le puede preguntar a una polilla cómo se orienta. El equipo capturó ejemplares durante la migración utilizando luces potentes y sábanas, trasladándolas a un laboratorio especial en Adaminiby, cerca de su destino final. Este laboratorio fue construido con materiales no magnéticos para evitar que el campo magnético terrestre interfiriera con los resultados, pues se sabe que estos insectos también son sensibles a él.

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El experimento consistió en introducir a las polillas en un simulador de vuelo proyectando el cielo nocturno. David Dreyer, autor principal del estudio, detalla que colocaron a los insectos en una varilla central que les permitía rotar 360 grados y “volar” estáticamente. Al proyectar la Vía Láctea, las polillas se orientaban perfectamente hacia la dirección de las montañas; sin embargo, cuando los científicos desordenaban las estrellas proyectadas, los insectos perdían el rumbo, confirmando que su guía es visual y estelar.

Una travesía equivalente a dar la vuelta al mundo

La magnitud de este viaje es difícil de dimensionar a escala humana. Según Warrant, si estas polillas tuvieran el tamaño de un ser humano, su migración anual de ida y vuelta equivaldría a circunnavegar la Tierra dos veces. Es un esfuerzo físico monumental guiado únicamente por la luz de nuestra galaxia.

Lo más conmovedor de este ciclo es su desenlace. Tras refugiarse en las cuevas y realizar el viaje de regreso de otros 1.000 kilómetros en otoño, las polillas se reproducen, ponen sus huevos y mueren. Son sus descendientes quienes, sin haber realizado nunca el viaje, emprenderán la misma ruta el año siguiente, guiados por el mismo mapa estelar que sus ancestros, perpetuando una tradición natural escrita en las estrellas.

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