Opinión

Sustentabilidad: ¿convicción, requisito o argumento de venta?

Punto de Encuentro. Por: Eduardo Chaillo.

Opinión | 28/10/2026 | 09:38
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Llevamos muchos años hablando de sustentabilidad en la industria de reuniones. Hemos pasado por etapas de entusiasmo, compromisos colectivos, declaraciones ambiciosas y avances importantes, pero también por momentos en los que las presiones económicas o las urgencias comerciales parecen relegarla a un segundo plano. Más que una evolución constante, nuestro recorrido ha sido en zigzag.

Mientras tanto, los desafíos ambientales siguen creciendo.

En más de una conversación con colegas y proveedores he escuchado una frase que merece nuestra atención: “Pero si a los clientes realmente no les importa…”. Otros argumentan que, cuando llega el momento de decidir, el precio, la conectividad o los incentivos comerciales terminan imponiéndose sobre cualquier consideración ambiental. ¿Será cierto? ¿Estamos frente a una demanda genuina del mercado o ante un discurso políticamente correcto que todos repetimos, pero pocos llevamos a la práctica? La sustentabilidad aparece cada vez con mayor frecuencia en las solicitudes de propuestas (RFPs), particularmente entre organizaciones internacionales y corporaciones con compromisos ambientales definidos. Pero ¿cuánto influye realmente en la selección de destinos, sedes y proveedores? ¿Es una condición indispensable, un factor de diferenciación o simplemente otra casilla que debemos llenar? ¿Estamos dispuestos a reconocer económicamente a quienes invierten en hacer las cosas mejor?

Mientras debatimos si a los clientes les importa, la realidad ambiental ya está afectando a nuestros destinos. Ahí están las invasiones de sargazo en el Caribe, los huracanes, las inundaciones, las sequías y los incendios forestales que comprometen comunidades, infraestructura y actividades económicas. No todos estos fenómenos tienen las mismas causas, pero sería irresponsable ignorar la influencia del calentamiento global en muchos de ellos. ¿Podemos seguir tratando la sustentabilidad como un asunto de imagen o responsabilidad social cuando también están en juego la competitividad y, en algunos casos, la viabilidad futura de nuestros destinos?

No podemos desconocer los esfuerzos que nuestra industria ha realizado durante años para avanzar en esta materia. El Global Destination Sustainability Index (GDS-Index) permite evaluar y comparar el desempeño de los destinos, incluyendo sus políticas ambientales y las prácticas de sus proveedores. El Events Industry Council (EIC) ha desarrollado estándares internacionales para eventos sustentables y programas de certificación profesional, mientras que la norma ISO 20121 proporciona un marco de gestión para incorporar la sustentabilidad a la organización de eventos. También surgen iniciativas como ImpactAIQ, que aprovechan la tecnología y la inteligencia artificial para vincular los objetivos de los encuentros con la medición de sus resultados e impactos. Instrumentos valiosos que contribuyen a pasar de las buenas intenciones a los indicadores, la evidencia y la rendición de cuentas.

Detrás de estos avances hay personas que llevan años trabajando con verdadera convicción. Pienso, por ejemplo, en nuestra amiga Alisson Batres, integrante de la red global de Maritz en Guatemala, cuya perseverancia en promover prácticas sustentables fue reconocida recientemente con el Social Impact

Award en los Global Awards del EIC. Un reconocimiento que también permite visibilizar el trabajo que se realiza desde Latinoamérica para impulsar esta transformación.

Pero volvamos a la realidad cotidiana. ¿Cuántos eventos establecen una línea base de su huella ambiental? ¿Cuántos cuantifican sus emisiones, consumos de agua y energía o generación de residuos? Más importante todavía, ¿cuántos utilizan esa información para modificar sus decisiones futuras? Medir no es lo mismo que reducir. Compensar tampoco equivale a evitar. Eliminar botellas de plástico, plantar árboles o colocar mensajes verdes en nuestros programas puede ser positivo, pero ninguna de esas acciones, por sí sola, convierte un evento en sustentable. Necesitamos dejar atrás la tentación de confundir iniciativas aisladas con estrategias integrales, o campañas de comunicación con resultados comprobables.

La responsabilidad es compartida.

Hoteles, recintos, organizadores, empresas de producción, transportistas, DMCs y destinos tienen mucho por hacer. Sin embargo, sería injusto exigir inversiones, certificaciones y cambios operativos a los proveedores si quienes contratamos sus servicios no estamos dispuestos a reconocer esos esfuerzos en nuestras decisiones de compra. Particularmente cuando hablamos de pequeñas y medianas empresas, para las cuales esta transición representa desafíos financieros y técnicos importantes.

Hay además una reflexión que no podemos evadir: nuestra industria implica trasladar personas, utilizar infraestructura y consumir recursos. Precisamente por eso debemos reunirnos con propósito, aprovechar al máximo el valor insustituible de la presencialidad y procurar que cada encuentro genere resultados que justifiquen los recursos empleados. No se trata solamente de cuánto cuesta organizar un evento, sino también de qué valor deja y qué huella produce.

Personalmente, me preocupa que la sustentabilidad termine convirtiéndose en otro de esos conceptos que incorporamos automáticamente a nuestros discursos porque suena bien, porque es lo esperado o porque nadie quiere parecer indiferente. La corrección política, cuando no viene acompañada de decisiones concretas, puede terminar siendo una cómoda forma de inmovilidad.

Tampoco sería justo desconocer los avances, las inversiones y el trabajo serio de muchas organizaciones. El reto está en que esas buenas prácticas dejen de ser excepcionales y se conviertan en parte habitual de nuestra manera de hacer negocios.

Quizá ya no necesitamos más declaraciones sobre la importancia de la sustentabilidad. Necesitamos mayor congruencia entre lo que exigimos, lo que ofrecemos, lo que medimos y, especialmente, lo que decidimos.

Porque la verdadera prueba de nuestro compromiso no está en cuántas veces hablamos de sustentabilidad, sino en cuántas decisiones estamos dispuestos a cambiar para hacerla realidad

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