Opinión

Más inteligencia artificial, ¿mejores reuniones?

Punto de Encuentro. Por: Eduardo Chaillo.

Opinión | 14/10/2026 | 12:19
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 Pocas conversaciones generan hoy tantas expectativas y temores como la inteligencia artificial. Algunos anuncian que terminará sustituyendo profesiones enteras; otros parecen convencidos de que resolverá prácticamente cualquier problema con sólo escribir las instrucciones correctas.

En la industria de reuniones tampoco faltan los entusiastas ni los escépticos. Unos aseguran que pronto podremos organizar congresos completos con inteligencia artificial; otros responden que nuestro negocio es esencialmente humano y, por lo tanto, estamos protegidos de cualquier amenaza tecnológica.

Ambos extremos merecen una revisión.

Comencemos por reconocer que la IA ya puede realizar muchas actividades que consumen buena parte de nuestro tiempo: analizar propuestas, comparar presupuestos, investigar clientes, traducir contenidos, preparar agendas, personalizar comunicaciones y facilitar el seguimiento comercial. También permite procesar información que antes resultaba demasiado compleja o costosa de analizar. Sería absurdo no aprovechar esas posibilidades.

Sin embargo, hay una paradoja que comienza a preocuparme. Ahora que prácticamente todos utilizamos herramientas de inteligencia artificial generativa, encuentro cada vez más textos que se parecen, presentaciones construidas con la misma lógica, propuestas comerciales con idénticos argumentos y soluciones aparentemente creativas que terminan siendo extraordinariamente previsibles.

La tecnología democratiza la producción de contenidos, pero también puede democratizar la mediocridad.

No porque la IA sea incapaz de generar ideas originales, sino porque muchas veces le pedimos que piense por nosotros en lugar de utilizarla para pensar mejor. Aceptamos la primera respuesta, repetimos estructuras e incorporamos conceptos de moda que probablemente otros diez competidores también están utilizando. Imaginen congresos con programas cada vez más parecidos, experiencias diseñadas alrededor de las mismas tendencias y propuestas de destinos que podrían cambiar de logotipo sin que nadie notara la diferencia.

Ahí encuentro una oportunidad extraordinaria para la creatividad, la curiosidad, la profundidad y el pensamiento crítico. La diferenciación dependerá menos de producir rápidamente una presentación y más de tener algo verdaderamente interesante que decir.

Tampoco deberíamos tranquilizarnos pensando que nuestros empleos están protegidos simplemente porque organizamos encuentros entre personas. Algunas funciones enfrentarán transformaciones profundas. La traducción generalista, la transcripción, la elaboración de reportes rutinarios y determinadas tareas administrativas ya pueden automatizarse parcialmente, modificando o reduciendo la necesidad de ciertos puestos.

Pero no es lo mismo una traducción automática que interpretar una negociación delicada, ni una agenda generada por un algoritmo que diseñar una experiencia considerando sensibilidades culturales, intereses contrapuestos y expectativas que no siempre están expresadas. El criterio, la experiencia y la responsabilidad profesional siguen siendo fundamentales, aunque sería ingenuo pensar que la tecnología no continuará avanzando también en esas capacidades.

La pregunta es qué haremos con el tiempo que nos ahorre.

Un organizador que hoy dedica buena parte de su jornada a perseguir cotizaciones, actualizar bases de datos o responder preguntas repetitivas podría aprovechar esa eficiencia para conocer mejor a sus clientes, negociar, anticipar problemas y diseñar experiencias más pertinentes. Pero también podríamos utilizarla simplemente para producir más eventos con menos personas, enviar más comunicaciones y saturar nuestras agendas. Seríamos más eficientes, aunque no necesariamente más valiosos.

En una industria que presume de conectar personas, la inteligencia artificial debería ayudarnos precisamente a conocerlas mejor: identificar intereses, facilitar encuentros relevantes, mejorar la accesibilidad, escuchar retroalimentación y comprender qué experiencias realmente funcionan, siempre respetando la privacidad de los participantes.

Los destinos también pueden utilizarla para interpretar mercados, identificar oportunidades comerciales y detectar problemas recurrentes en la experiencia de organizadores y visitantes. Pero la tecnología no sustituye la necesidad de preguntar, escuchar, contrastar y decidir.

Quizá el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial termine haciendo nuestro trabajo, sino descubrir que una parte demasiado grande de nuestro trabajo consistía en actividades que una máquina podía hacer mejor.

Esto debería llevarnos a revisar cómo formamos a los nuevos profesionales, qué capacidades valoramos y qué ofrecemos que realmente nos diferencia. No necesitamos convertir a cada organizador en ingeniero de sistemas, pero sí desarrollar suficiente criterio tecnológico para saber qué delegar, qué supervisar y cuándo intervenir. La inteligencia artificial no es una amenaza inevitable ni una solución milagrosa. Puede ayudarnos a ser más productivos, creativos y competitivos, siempre que no renunciemos a pensar por cuenta propia.

Si todos utilizamos la misma tecnología, la diferencia no estará en quién genera más respuestas, sino en quién hace mejores preguntas, cuestiona sus resultados y se atreve a proponer algo distinto.

Porque el verdadero desafío no es conseguir que la inteligencia artificial haga cada vez más cosas por nosotros, sino evitar que, mientras eso sucede, nosotros terminemos pensando cada vez menos.

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