No tienes que tener todas tus heridas cerradas para abrirle la puerta a algo bonito. También mereces amor cuando estás aprendiendo a confiar, alegría cuando todavía hay días difíciles y oportunidades mientras descubres quién estás siendo. Sanar no es dejar de sentir miedo, tristeza o incertidumbre, sino aprender a escucharte sin permitir que esas emociones decidan todo por ti.
No te exijas llegar a una versión perfecta para empezar a vivir. Permítete reír, enamorarte, equivocarte y volver a intentar. Cada experiencia puede enseñarte algo, incluso cuando aún estás reconstruyendo partes de tu historia. A veces, aquello que llega mientras sanas también forma parte de tu sanación. Y eso también es crecer.
¿Por qué Dios llevó a Moisés, a Elías y a Jesús al desierto?
Sus historias son distintas, pero nos permiten contemplar una experiencia común: hay momentos en los que la vida nos lleva a un territorio donde las respuestas de siempre dejan de ser suficientes. Lo que antes nos daba seguridad ya no consigue sostenernos y aquello que creíamos comprender comienza a perder sentido.
Ese es el desierto.
A veces llega con una pérdida, una crisis o el final de una etapa. Otras veces aparece cuando, aun teniendo aparentemente todo en orden, algo dentro de nosotros deja de encontrar sentido en la vida que hemos construido.
En el desierto descubrimos cuánto dependíamos de nuestras certezas, de la necesidad de tener el control y de la imagen que habíamos construido de nosotros mismos. Sin esas referencias, aparece una pregunta difícil: ¿quiénes somos cuando ya no podemos apoyarnos en aquello que creíamos ser?
Llaman noche oscura del alma* a una experiencia espiritual en la que las antiguas certezas dejan de sostenernos y nuestra relación con lo divino atraviesa una profunda transformación. No significa que todo sufrimiento tenga un propósito oculto, ni que perderse sea una garantía de encontrar algo. Significa que hay procesos en los que no podemos regresar a nuestra manera anterior de comprender la vida, pero todavía no alcanzamos a reconocer lo que está naciendo.
Es entonces cuando aparece la rendición.
Hemos aprendido a resolver, corregir, anticipar y controlar. Nos cuesta aceptar lo que no entendemos, lo que no podemos cambiar y aquello que no responde a nuestros deseos. Confundimos la aceptación con la derrota y creemos que, si dejamos de luchar, estamos renunciando a nosotros mismos.
Pero ¿cuánta energía gastamos intentando que algo no hubiera ocurrido, que alguien fuera diferente o que nuestra vida respondiera al guion que habíamos imaginado?
Rendirse no es dejar de actuar ni resignarse ante lo que nos hace daño. Es reconocer dónde termina nuestra voluntad. Dejar de luchar contra lo que ya es un hecho para poder descubrir, con mayor claridad, qué sí podemos hacer.
Quizá el desierto no tenga la función de darnos respuestas, sino de confrontarnos con las preguntas que hemos evitado. Y quizá su mayor dificultad no sea la ausencia de un camino, sino nuestra incapacidad para caminar sin saber de antemano adónde nos llevará.
Tal vez el trabajo no consista en conseguir que el desierto termine, sino en descubrir qué sucede dentro de nosotros mientras lo atravesamos.
¿Qué estamos intentando controlar con tanta fuerza? ¿A qué nos aferramos porque tenemos miedo de descubrir quiénes seríamos sin ello?
Y si por un momento dejáramos de luchar para que nuestra vida fuera distinta de lo que es, ¿qué podríamos empezar a ver?
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