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En Yucatán, la crítica tiene código postal

CONSTELACIONES LECTORAS - Rosely E. Quijano León

Opinión | 13/10/2026 | 21:01
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Yucatán se cuece aparte. Ya lo decía desde 1930 el escritor José Castillo Torre con el título de su libro “El país que no se parece a otro”. ¿Por qué les sorprende a estas alturas que, a pesar de la globalización y la gentrificación lo sigamos siendo, o al menos, creyendo que lo somos?

Pero sin duda ya no somos lo mismo, nos queda tal vez la tranquila y pacífica nostalgia del siglo pasado, sin que haya un día en que no suspiremos profundamente cuando vemos muy lejano algo que solo sucedía en aquellos tiempos y que hoy, sentimos, nos lo han robado.

Hace unos días una joven opinó “inocentemente” en un video en sus redes sociales, que no tardó en viralizarse, que los yucatecos manejamos muy mal, y hasta cierto punto la opinión tiene algo de razón, pero no quedó ahí, también criticó que aquí no encuentra ropa para su esbelto cuerpo XS, refiriéndose a que las yucatecas somos pura talla grande; y sí, nuestra gastronomía yucateca que tanto presumen y distorsionan los restaurantes para turistas, está prohibidísima para una dieta de déficit calórico, pero siempre he visto tallas pequeñas en todas las tiendas.

Como es de suponerse, no le perdonaron la doble ofensa a los yucatecos, y se habló hasta del karma o la maldición de los aluxes porque la empresa para la que trabajaba emitió un comunicado para deslindarse de sus comentarios y anunciarles a los enfurecidos yucatecos que había sido despedida.

Y es que por su corta edad tal vez no recuerda a la famosa lady pib que se atrevió a decir que nuestro manjar del día de muertos era una porquería. No se imaginaba con quién se estaba metiendo, y lo supo después saliendo, como ya es costumbre, a pedirle disculpas a la sociedad yucateca de ofendidos S.A. (me incluyo, pertenezco a ella).

Ya lo decía también, desde la década de los ochentas, Juan Villoro en su extraordinaria crónica de su viaje a Yucatán “Palmeras de la brisa rápida” (vayan a leerlo), tal vez debería ser como un manual para todos los que llegan a vivir aquí a esta tierra del Mayab.

Villoro dice que Yucatán “reconoce tres cristalizaciones del espíritu: el yucateco, el huach y el yucahuach (los oriundos, los fuereños y esos seres anfibios que nacieron en la Península, pero en algún momento malhadado empacaron sus barras de achiote). Y por lo tanto los “huaches” carecen de toda credibilidad para referirse a Yucatán, no importa cuántos años tengan viviendo aquí. Y lo deja muy claro: “La crítica de las costumbres locales es una calle de un solo sentido”.

Así que, aunque la chica tuviera algo de razón, porque sí: aquí manejamos muy mal. Pero somos todos. Las calles ya están invadidas de placas de coches de todas las ciudades del país, aquí se trasladó el extinto D.F, ya somos muchísima gente transitando en calles, vialidades y costumbres de manejo de la Mérida del siglo pasado.

Pero a todos los que ya habitamos esta capital del asfalto nos falta más educación vial y cortesía porque el problema del tráfico no se trata de si el que conduce es mujer u hombre, si es yucateco o foráneo. En Periférico los autos van a exceso de velocidad, como si entrenaran para la Fórmula 1, o como diría mi abuelita, “como si fueran a buscar herencia”, una frase por cierto muy yucateca.

Desde la antropología aprendí que las costumbres, tradiciones, creencias y formas de pensar de una comunidad se respetan siempre, aunque tú conserves y tengas las propias, no se juzga un lugar al que llegas porque sean “diferentes”.

Los yucatecos nos hemos sentido así tal vez, desde siempre: lejanos, separados y olvidados del resto del país, y mucho más cercanos al Caribe, por eso hicimos nuestras propias costumbres. Villoro lo exalta así: “¿Cómo no va a ser separatista un lugar donde hasta las galletas Marías se llaman Alicias? Aquí no matamos a los de afuera, nomás no los dejamos vivir”.

Qué le vamos a hacer, así somos los yucatecos, no nos gusta que imiten o se burlen de nuestro acento, aunque sea en películas con grandes actores de telenovela, y no soportamos la crítica. El libro de Juan Villoro, pese a que fue escrito en otra época, sigue vigente, porque sin duda ofrece una lectura diferente para los de aquí y los de fuera. Unos miran una ventana, nosotros un espejo.

Quizá por eso seguimos siendo un país que no se parece a otro: porque aquí hasta la crítica tiene código postal. Aunque a veces parezca exagerada nuestra defensa de lo propio, es parte de nuestra identidad y de nuestro ADN yucateco.

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