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Norteamérica no es un tratado: es el sistema de producción más importante del mundo

VISIÓN COMPARTIDA - Víctor José López Martínez

Opinión | 27/09/2026 | 21:14
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Entre enero y junio de este año Estados Unidos de América compró a México bienes por 298 mil 157 millones de dólares, 13 % más que en el mismo periodo de 2025, y el intercambio bilateral llegó a 493 mil 734 millones. México concentró 16.5% del comercio exterior de la primera economía del mundo, la mayor participación de la que haya registro, según la Oficina del Censo de aquel país.

En julio, en plena revisión del T-MEC y con los aranceles de la Sección 232 vigentes sobre acero, aluminio y automóviles, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos crecieron 33.6 por ciento anual.

Los datos no se comportan como se comportaría una economía castigada. Se comportan como los de un país al que la tendencia de fondo le está jugando a favor, y esa tendencia es más poderosa que cualquier arancel.

El error de lectura más extendido en estos meses consiste en entender la región únicamente en función del tratado, como si Norteamérica fuera un acuerdo comercial entre tres países que se venden cosas.

Norteamérica es otra cosa: es una plataforma de producción compartida en la que un mismo bien cruza la frontera varias veces antes de terminarse, y en la que una fracción considerable del valor de lo que México exporta a Estados Unidos fue fabricada en Estados Unidos. Un automóvil ensamblado en el Bajío o en Coahuila contiene motores, electrónica, acero y diseño de Michigan, Texas y Ohio.

Por eso el comercio bilateral no es intercambio: es coproducción. Y por eso un arancel a México es, en buena medida, un arancel a la propia industria estadounidense, lo que explica que la exención para los bienes que cumplen las reglas del tratado se haya sostenido a pesar del ruido. Ningún otro país del mundo tiene hoy ese acceso preferencial a la fábrica más grande del planeta. Ni Vietnam, ni Taiwán, ni Corea, ni la Unión Europea. México sigue siendo el país con el mejor acceso, y la revisión anual, lejos de amenazarlo, lo confirma cada doce meses.

Conviene entonces mirar la tendencia y no el instrumento. Estados Unidos decidió reindustrializarse: traer de vuelta capacidad en semiconductores, energía, acero, construcción naval, equipo pesado y defensa, y reducir su dependencia de proveedores asiáticos en las cadenas que considera estratégicas.

Esa decisión, tomada por dos administraciones de signo opuesto y respaldada por los dos partidos en el Congreso, es la fuerza estructural de esta década. Los aranceles son su herramienta de presión; la reindustrialización es su propósito. Y un país no reindustrializa solo: necesita proveeduría, energía, mano de obra calificada y territorio a distancia de camión de sus plantas.

La revisión del tratado, que entró en la vía de revisiones anuales hasta 2036 después de que Washington optó por no renovarlo por dieciséis años en julio, discute reglas de origen más exigentes y sustitución de insumos asiáticos. Vista desde la tendencia, esa agenda es la invitación explícita a que México produzca lo que Asia producía. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha entendido al conducir la revisión con la calma de quien sabe que el tiempo corre a favor de la parte que tiene la geografía, y Marcelo Ebrard, secretario de Economía, la ejecuta en la mesa con esa misma instrucción.

Lo novedoso, y lo que México debería proponer en las mesas de septiembre y en las que sigan, es dejar de negociar como socio comercial y empezar a negociar como socio de producción. Tres propuestas concretas.

Primera, medir la región por contenido coproducido y no solo por contenido regional: un componente estadounidense que se integra en México y regresa terminado a Estados Unidos debería contar a favor de ambos, y esa métrica cambia la conversación sobre reglas de origen.

Segunda, tratar la infraestructura como contenido regional: un puerto, un gasoducto o un ferrocarril de carga que acorta la cadena entre una planta mexicana y una estadounidense es tan parte de la fábrica norteamericana como una línea de ensamble, y debería tener acceso a los mismos instrumentos de financiamiento binacional.

Tercera, alinear la política industrial de los estados mexicanos con los sectores que Estados Unidos ha declarado estratégicos, de modo que la reindustrialización de allá y la industrialización de acá sean el mismo proyecto visto desde dos lados de una frontera que la producción ya cruza todos los días.

Ese alineamiento ya está ocurriendo, y lo están ejecutando los gobiernos estatales con el respaldo federal. El mapa productivo de México ofrece hoy tres respuestas a la misma pregunta. La frontera integrada, con Nuevo León y Coahuila, que produce en el mismo horario que Texas.

El Bajío consolidado, con Querétaro y Guanajuato, que ya compite por talento, agua y energía. Y el sureste, que llega a la conversación de Norteamérica por una vía que hace diez años no existía en el mapa de nadie. La Presidenta ordenó los Polos de Bienestar y los corredores del sur como una sola pieza con la revisión comercial, y la variable decisiva en los tres casos ya no es el incentivo fiscal sino el calendario de obra: gana el estado que tiene la infraestructura terminada cuando la tendencia llega.

Yucatán entra en esa lógica por geografía convertida en geopolítica. Es el punto de la costa mexicana más cercano a los puertos de la Costa del Golfo de Estados Unidos, donde se concentra la reindustrialización energética y naval de ese país, y es el único estado del sureste con las cuatro llaves de la industrialización avanzando al mismo tiempo: energía firme con la central Mérida IV y el gasoducto Cuxtal II; el ramal ferroviario de carga Poxilá-Progreso, de 56.7 kilómetros y más de la mitad de avance; un puerto de altura con un programa de expansión de más de doce mil quinientos millones de pesos en tres etapas, la primera concluida con inversión estatal de mil 630 millones, la segunda en ejecución por SSA Marine con 948 millones y la tercera iniciada en julio por la Federación con dos plataformas que triplicarán la superficie portuaria; y una industria naval que arranca desde cero como cadena de suministro de la reindustrialización naval del Golfo. El IMCO acaba de ubicar a Yucatán en el séptimo lugar nacional de competitividad, su mejor posición desde que existe el índice.

Ese fue el caso que el Gobernador Joaquín Díaz Mena expuso esta semana ante el Consejo Directivo Nacional de Concanaco Servytur, y el que los distintos actores de la política estratégica de Yucatán sostienen, con las mismas cifras y la misma convicción, en foros nacionales e internacionales.

No es un estado pidiendo un lugar en la mesa: es la constatación de que la visión conjunta de la Presidenta y el Gobernador de dotar a la Península de infraestructura a tiempo está convirtiendo a Yucatán en la palanca geopolítica que México necesita en el Golfo, en el momento en que Estados Unidos decidió volver a fabricar. Norteamérica no se negocia en una ronda: se produce todos los días. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.

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